Ella giró la cabeza y vio que Renato Jiménez estaba parado detrás de ella. Espiar no era algo ético, y para colmo la habían atrapado con las manos en la masa.
Le dedicó una sonrisa apenada:
—¿Tú también saliste?
Renato levantó el brazo izquierdo y dio un golpecito en la carátula de su reloj. Aunque no dijo nada, ella sabía que se refería a que había tardado demasiado.
Dentro de la sala, Gabriel abrazó a su nueva acompañante y miró desde arriba a la mujer que le suplicaba humillada:
—Te daré una suma de dinero, ocúpate de ese asunto y deshazte del bebé.
Aunque a Magdalena le daba lástima Sofía, una cosa era sentir compasión y otra ser tan ingenua como para meterse en problemas con Gabriel por culpa de una desconocida.
La única culpable era ella misma por fijarse en la peor escoria posible y enamorarse de él.
Todo el mundo en Valle Niebla sabía qué clase de persona era Gabriel Herrera, solo ella había sido tan tonta para dejarse engañar.
Al otro lado del pasillo, alguien llegó corriendo a toda prisa. Era Andrés Vargas. Al ver a Magdalena allí se quedó pasmado un instante, pero sin molestarse en saludarla, irrumpió en la sala y levantó a Sofía del suelo de un tirón.
Andrés miró a Gabriel, quien tenía una actitud descarada, y luego vio a Sofía cubierta de lágrimas, y preguntó:
—¿Qué pasó aquí?
Afuera, Magdalena, que ya iba de regreso, se detuvo. Vaya, el héroe al rescate de la damisela en apuros. Aunque por la actitud de Andrés, parecía que todavía no sabía lo que había pasado entre Sofía y Gabriel.
El Restaurante Palermo era propiedad de la familia Vargas, así que no le sorprendía en lo absoluto que Andrés hubiera aparecido de la nada.
A Renato le incomodaba su afán por husmear, así que frunció el ceño:
—¿No nos vamos?
Magdalena le sonrió apenada y se apresuró a seguirlo.
Cuando regresaron, la comida ya estaba servida. Apenas se habían sentado y probado unos bocados cuando el celular de Renato sonó. Al contestar, casi no dijo palabra, se limitó a escuchar en silencio, pero su expresión no era nada buena.
Cuando colgó, Magdalena preguntó con curiosidad:
—¿Qué pasa?

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