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Me Casé con el que Pagó Mi Venganza romance Capítulo 65

Una vez que Renato se fue, regresó a su asiento y la sonrisa en su rostro se congeló poco a poco. Toda esa actitud de mujercita que había mostrado hace un momento desapareció y se quitó por completo la máscara.

Viendo la mesa llena de comida, tomó nuevamente los cubiertos. No perdió el apetito por la ausencia de aquel hombre y continuó comiendo sola y sin prisa.

Al terminar, llamó a un mesero para pedir la cuenta. El mesero entró y le dijo con mucha cortesía:

—Señorita, antes de irse, el Presidente Jiménez ordenó que esto se cargara a su cuenta.

Ella asintió, tomó una servilleta para limpiarse la boca, agarró su bolso y salió de la sala.

Al pasar junto a la sala donde había estado Gabriel Herrera, se topó justo con Sofía, quien ayudaba a caminar a Andrés Vargas.

El rostro de Andrés estaba lleno de golpes. Llevaba puesta una camisa morada con un chaleco de un tono más oscuro, y los botones del chaleco estaban arrancados.

Magdalena pasó de largo y echó un vistazo rápido dentro de la sala. Gabriel ya no estaba y las sillas y mesas estaban tiradas por todas partes. Se notaba que la pelea había sido intensa.

Al ver el rostro que Andrés siempre presumía con tanto orgullo, chasqueó la lengua un par de veces y lo miró con evidente burla.

—Me temo que no podrás dar la cara por unos días.

Andrés acababa de pelearse a golpes con Gabriel; en ese momento tenía la comisura del labio morada y ensangrentada, y se veía hecho un desastre. Al escuchar la burla, deseó que la tierra se lo tragara.

Se tocó el labio que le palpitaba de dolor y bufó:

—Él tampoco salió bien librado.

Magdalena le levantó el pulgar en señal de aprobación y le dijo con una gran sonrisa:

—Con esta pequeña riña que iniciaste, la familia Vargas y la familia Herrera acaban de declararse la guerra. Prepárate para seguir recibiendo golpes cuando llegues a casa.

Andrés ya se había dado cuenta de que acababa de meterse en un gran problema. Benjamín Herrera estaba a punto de ser ascendido, la noticia se había publicado apenas ayer, y él acababa de golpear al hijo de un alto funcionario.

Si su padre se enteraba, le daría una lección inolvidable y probablemente terminaría enviándolo al ejército para corregirle su carácter explosivo.

En ese momento, Sofía, que había estado en silencio, habló:

En cuanto Andrés escuchó que la situación pintaba mal, salió disparado para allá. Con las pintas que tenía en ese momento, se negaba rotundamente a ir a la casa de la familia Guzmán; no quería ser el hazmerreír de nadie.

Magdalena detuvo sus pasos un segundo, no respondió y siguió caminando; el eco de sus tacones resonaba sobre el suelo reluciente.

—¡Oye! ¡Magdalena Sarmiento! —gritó Andrés furioso, pero el esfuerzo jaló la herida de su labio, haciéndolo hacer muecas de dolor y quejarse sin parar.

Magdalena siguió caminando a paso lento y respondió sin voltear:

—Deberías saber que no quiero ir a la mansión de la familia Guzmán, ni quiero verlo a él.

Andrés observó su espalda y le dijo con un tono serio:

—Han pasado tres años, ¿aún no lo superas?

El cuerpo de Magdalena se tensó por completo y se detuvo. Con la mirada perdida en el largo pasillo que tenía enfrente, un dolor sordo se apoderó de su pecho.

Las palabras de Andrés habían tocado su punto más débil, recordándole el nombre de aquel hombre y todos los momentos que vivieron juntos sin que pudiera evitarlo.

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