De por sí ella era tímida, así que decir ese tipo de cosas le resultaba bastante bochornoso.
Después de decirlo, sus mejillas hermosas se tiñeron de un ligero tono rosado, lo que le daba un encanto vibrante bajo la luz.
Tenía una piel excelente, su rostro suave y de tez de porcelana parecía el de un bebé; irradiaba una mezcla de inocencia y seducción.
Renato Jiménez entrecerró los ojos, la examinó de pies a cabeza y sus finos labios formaron una sonrisa burlona:
—No acepto a cualquier mujer que se ofrezca.
Magdalena, avergonzada e indignada, sintió cómo el rubor subía a sus mejillas, lo que la hacía lucir aún más cautivadora, y sus ojos limpios brillaron con intensidad.
Se mordió ligeramente el labio, se armó de valor, se acercó a él y abrazó su cintura, aunque sin atreverse a pegar su cuerpo al de él.
Levantó la vista, mirándolo a los ojos:
—Entonces, ¿qué tal yo?
—¿Te falta dinero? —En sus ojos había un toque de burla, mientras miraba los brazos pálidos que rodeaban su cintura.
—Usted es muy guapo; ser su mujer no es un mal trato —ella le sonrió ampliamente, y las luces de cristal se reflejaron como pequeños destellos en sus oscuros ojos.
Renato soltó una carcajada fría:
—¿Qué más?
Ella se quedó pasmada un momento y negó con la cabeza:
—Nada más.
Renato había visto a muchas personas así, pero ella era la primera en ser tan directa.
No pudo evitar mirarla un par de veces más.
Al ver que no respondía, Magdalena levantó la cabeza para encontrarse con sus insondables ojos, y luego deslizó la mirada lentamente hasta posarla en sus finos labios.
Se puso de puntillas y se acercó poco a poco. Apenas rozó la comisura de sus labios cuando Renato la apartó.


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