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Me Casé con el que Pagó Mi Venganza romance Capítulo 98

Mientras tanto, Magdalena le preguntó a uno de los meseros por el reservado en el que estaba Renato y luego le pasó el dato a Paula.

Cuando Paula terminó de acomodar a sus amigos, ambas se dirigieron al lugar donde estaba Renato.

A mitad de camino, Magdalena se detuvo de pronto y le dijo:

—Señorita Paula, tengo que ir rápido al baño. Adelántate.

Paula no sospechó nada y asintió:

—Está bien, apúrate.

Magdalena entró al baño y se escondió ahí por media hora entera. Cuando calculó que ya había pasado suficiente tiempo, caminó hacia el reservado de Renato Jiménez.

Era un cuarto enorme. Al abrir la puerta, todos en el interior giraron la cabeza al unísono para ver quién entraba y clavaron sus ojos en ella.

Renato estaba sentado en un sofá de cuero y a su alrededor había varios hombres de traje y mujeres bellísimas.

A lado de los hombres había hermosas mujeres con ropa diminuta y provocativa; con solo mirarlas se sabía que trabajaban allí.

Sin embargo, a los costados de Renato Jiménez no había nadie. De no ser por su fama de cambiar de amante periódicamente, la gente empezaría a sospechar que padecía algún problema de salud.

Alguien bufó y comentó por lo bajo:

—Vaya, ya llegó otra.

No hablaron fuerte, pero Magdalena alcanzó a escuchar ese otra, lo que confirmaba que Paula Suárez sí había entrado.

Pero al no estar ella en la habitación, lo lógico era pensar que la habían echado a la calle.

¿Acaso ella terminaría igual?

Alguien más se rió:

—No me digas que también viene por el presidente Jiménez.

Renato apenas alzó la mirada, la observó un segundo y luego volvió a concentrarse en organizar sus cartas en la mesa. La verdad, no se esperaba que ella tuviera la astucia suficiente para infiltrarse allí.

Apretando tímidamente el borde de su vestido, respondió:

—Sí, vengo buscando al presidente Jiménez.

—¡Juego, di que tienes juego!

Habló tan apresurada que alzó un poco la voz y provocó que todos en la mesa voltearan a mirarla.

Renato frunció el ceño y le clavó una mirada gélida. El pánico la hizo callar de golpe y su cara se puso roja de la vergüenza.

Darío Gil, que estaba sentado frente a Renato, al ver cómo Magdalena se enrojecía de pura pena, se rió y lo molestó:

—Mira nada más, ya asustaste a la chica.

Al haber asistido a la fiesta de sus bebés el día anterior, Magdalena lo recordaba, así que le devolvió una sonrisa amigable en agradecimiento.

Darío Gil asintió en su dirección y añadió:

—Señorita Sarmiento, te preocupas demasiado. Si algún día lo ves perder dinero en las cartas, es casi cien por ciento seguro que se dejó ganar.

Magdalena sentía que quería que la tierra se la tragara. Soltó una risita boba y volvió a tirar apenas un poco de la camisa de Renato, disculpándose en voz baja:

—Me equivoqué.

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