De pronto, Renato se puso de pie. Ella pensó que iría al baño, pero él se giró hacia ella y le ordenó:
—Ven tú.
Ella entró en pánico:
—Yo... no soy muy buena en esto.
Además, las apuestas que hacían eran altísimas y ella no tenía esa cantidad de dinero.
Aunque era hija de la familia Sarmiento, llevaba años sin tocar ni un centavo del dinero que le pasaba Octavio.
Y recientemente, por el asunto de la licitación de la Corporación Valenzuela, le había entregado todos sus ahorros.
Lo que ellos apostaban en una sola mano equivalía a lo que ella necesitaba para vivir un año. Y no estaba en posición de apostar hasta su alma.
Darío Gil, con una sonrisa amplia, le dijo:
—¿De qué te asustas si Renato está aquí? Si pierdes, de todos modos él paga.
Ella miró a Renato. Como no lo negó ni asintió, su corazón siguió latiendo con desconfianza.
¿Y si perdía y él se rehusaba a pagar? ¡Tendría que vender sus órganos para cubrir la deuda!
Mientras ella lo pensaba, Renato se apartó de la silla, por lo que no le quedó más remedio que tragar grueso y sentarse en su lugar.
Cada vez que iba a tirar una carta, ella primero le lanzaba una mirada rápida para leer su rostro. Al principio, si iba a tirar la carta equivocada, Renato fruncía el ceño, dándole la pista de que no la usara, y tras pensarlo, elegía otra.
Pero un rato después, harto de su falta de talento, él se rindió, dejó de mirarla y se dedicó a jugar con un encendedor en un rincón.
Al ver que sus pérdidas se acumulaban, ella comenzó a sudar frío, retorciéndose en la silla. Le echó un vistazo de reojo y, al notar que la ignoraba, le dio una suave patadita por debajo de la mesa. Él ni se inmutó.
Aprovechando la distracción de los demás, lo empujó con el codo. Renato alzó la mirada, la observó un segundo y luego volvió a clavar los ojos en el mecanismo metálico de su encendedor, haciéndolo sonar clic, clic.

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