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Me Casé con el que Pagó Mi Venganza romance Capítulo 99

De pronto, Renato se puso de pie. Ella pensó que iría al baño, pero él se giró hacia ella y le ordenó:

—Ven tú.

Ella entró en pánico:

—Yo... no soy muy buena en esto.

Además, las apuestas que hacían eran altísimas y ella no tenía esa cantidad de dinero.

Aunque era hija de la familia Sarmiento, llevaba años sin tocar ni un centavo del dinero que le pasaba Octavio.

Y recientemente, por el asunto de la licitación de la Corporación Valenzuela, le había entregado todos sus ahorros.

Lo que ellos apostaban en una sola mano equivalía a lo que ella necesitaba para vivir un año. Y no estaba en posición de apostar hasta su alma.

Darío Gil, con una sonrisa amplia, le dijo:

—¿De qué te asustas si Renato está aquí? Si pierdes, de todos modos él paga.

Ella miró a Renato. Como no lo negó ni asintió, su corazón siguió latiendo con desconfianza.

¿Y si perdía y él se rehusaba a pagar? ¡Tendría que vender sus órganos para cubrir la deuda!

Mientras ella lo pensaba, Renato se apartó de la silla, por lo que no le quedó más remedio que tragar grueso y sentarse en su lugar.

Cada vez que iba a tirar una carta, ella primero le lanzaba una mirada rápida para leer su rostro. Al principio, si iba a tirar la carta equivocada, Renato fruncía el ceño, dándole la pista de que no la usara, y tras pensarlo, elegía otra.

Pero un rato después, harto de su falta de talento, él se rindió, dejó de mirarla y se dedicó a jugar con un encendedor en un rincón.

Al ver que sus pérdidas se acumulaban, ella comenzó a sudar frío, retorciéndose en la silla. Le echó un vistazo de reojo y, al notar que la ignoraba, le dio una suave patadita por debajo de la mesa. Él ni se inmutó.

Aprovechando la distracción de los demás, lo empujó con el codo. Renato alzó la mirada, la observó un segundo y luego volvió a clavar los ojos en el mecanismo metálico de su encendedor, haciéndolo sonar clic, clic.

Como Darío Gil tenía esposa e hijos, a las diez y media ya se había despedido. Para las once, el grupo de Renato y los demás también decidieron retirarse.

Afuera del club, Magdalena se tragó el orgullo y fue tras él hacia el auto. Camilo vio al hombre con rostro indescifrable, luego la miró a ella y le hizo una seña con los ojos. Magdalena le devolvió una mirada de total confusión, sin entender nada.

Camilo, dándose por vencido, se lo tuvo que decir sin filtros:

—Señorita Magdalena, será mejor que se tome un taxi a casa.

¿Para qué se subía? ¿Acaso pensaba que el jefe iba a llevarla a su casa? Eso era algo imposible. Ella solía ser una mujer lista, ¿por qué hoy actuaba de forma tan testaruda?

Magdalena dudó por un momento. Abrió la puerta y bajó; con dos zancadas rápidas abrió la puerta del conductor y, antes de que Camilo pudiera procesar qué ocurría, lo sacó del vehículo de un jalón y se subió en su lugar.

—Camilo, yo llevaré al presidente Jiménez. Hazme el favor de tomar un taxi a tu casa. —Apenas terminó de decirlo, pisó el acelerador y se largó de ahí.

Fue una maniobra rápida, precisa y ejecutada en un santiamén. Camilo se quedó petrificado en la acera y hasta el mismo Renato Jiménez se quedó sin palabras ante la escena.

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