Después de haber muerto una vez, comprendió que en este mundo, aparte de la vida y la muerte, todo lo demás son trivialidades.
Y si son trivialidades, ¿por qué obsesionarse con ellas?
A veces, dejar ir los problemas es una forma de liberarse a uno mismo.
—Siento que, como la vida es corta, es mejor vivirla feliz que amargada. Hay que sonreírle a las tormentas de la vida.
Mónica asintió repetidamente, de acuerdo con la perspectiva de su amiga.
Al llegar al hotel del Grupo Rivas, ambas caminaron con la frente en alto, siguiendo a Melina con pasos seguros.
Poca gente reconocía a Mónica, pero a Isabela, la señora Silva, muchos la identificaron de inmediato.
Al ver a la señora Silva junto a Melina, riendo y charlando, muchos les lanzaron miradas de extrañeza.
Las tres entraron en un salón privado.
*Ring, ring, ring…*
Sonó el celular de Isabela.
Era Elías.
—Tengo que contestar una llamada.
Isabela se levantó con el celular en la mano y salió para atender la llamada de su esposo.
—Hola, Elías, ¿qué pasa?
—¿Dónde estás? —le preguntó Elías.
—No te he visto en toda la mañana. Me siento mal y ni siquiera te preocupas por mí.
Isabela le respondió sin rodeos:
—¿Necesitas que me preocupe por ti?
—Sí. Te estoy llamando ahora mismo para decirte que no te preocupas por mí, así que sí, necesito que te preocupes.
Isabela se quedó en silencio.
—Tengo hambre, me muero de hambre.
Al otro lado de la línea, la voz del joven millonario de repente se suavizó, sonando un poco lastimera.
—Si tienes hambre, come. Estás en tu propia casa, ¿cómo te vas a morir de hambre? Si te mueres de hambre, será porque quieres morirte.
Elías guardó silencio un momento y luego dijo:
—Estoy en el hospital.
—¿En el hospital? ¿Acaso el sol salió por el oeste hoy? Tú, que odias a los médicos y te niegas a tomar medicamentos, ¿fuiste al hospital?

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