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Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda romance Capítulo 182

Elías no pudo evitar enviarle un mensaje de voz: [Isabela, ¿se puede ser más tacaña? Cuando yo te daba dinero, eran transferencias de decenas de miles, ¡y tú me das doscientos pesos!].

[¿Me estás dando limosna o qué?].

Isabela le respondió: [A un mendigo le daría dos pesos. Con los doscientos que te di, podría darle limosna a cien mendigos, ¿no te parece suficiente?].

[¿Cómo podría compararme con el señor Silva? Tu fortuna personal es de cientos de miles de millones, mientras que yo soy un pobretón que vive con la mano extendida.].

[Si mi esposo está de buen humor, me da para mis gastos; si está de mal humor, quiere recortármelos. Vivir así, dependiendo de tu limosna, es realmente humillante. Por eso, tengo que trabajar duro para ganar mi propio dinero.].

Cuando tuviera su propio dinero, podría gastarlo como quisiera.

No hay nada como tener tu propio dinero.

Elías se quedó sin palabras.

Era cierto que su familia le había aconsejado que redujera el dinero que le daba a Isabela, pero no lo había hecho.

¿Y su vida era humillante?

No vivía con sus suegros ni con su cuñada, nadie la molestaba, vivía en una mansión enorme, conducía carros de lujo… Era la vida con la que incontables personas soñaban.

Para evitar morirse de un coraje, Elías no le envió más mensajes.

La lengua de Isabela se estaba volviendo cada vez más letal.

Al final, Elías aceptó los doscientos pesos que su esposa le transfirió. Era mejor que nada.

Al menos, era dinero de su esposa para que pidiera comida, lo cual podía considerarse una muestra de preocupación.

Llamó a su chofer y le pidió que le comprara el almuerzo y se lo llevara.

No se iría de ahí hasta que salieran los resultados de la prueba.

La espera era una tortura.

¿Era esta Isabela la verdadera Isabela?

Si era una impostora, ¿qué haría con ella?

Consciente de esto, aunque se sentía atraído por Melina, Santiago no se atrevía a hacer el más mínimo movimiento.

Melina no era como sus otras novias. Ellas querían su dinero, y él quería sus cuerpos. Era un intercambio justo. Cuando él se aburría y ellas habían conseguido suficiente, terminaban en buenos términos.

Tenía dinero de sobra, y nunca era tacaño con sus exnovias al momento de la ruptura.

Por eso, a pesar de su fama de mujeriego, ninguna de sus ex había hablado mal de él.

Las dos chicas que acompañaban a Melina también eran muy hermosas. Una de ellas le resultaba familiar, como si la hubiera visto en algún lado, pero no podía recordar dónde.

Santiago, de manera disimulada, les bloqueó el paso a las tres.

Ambos grupos se detuvieron.

—¿Señor López?

Melina enarcó una ceja y luego sonrió para saludarlo.

—Tanto tiempo sin verlo. Sigue tan galante como siempre.

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