Elías no pudo evitar enviarle un mensaje de voz: [Isabela, ¿se puede ser más tacaña? Cuando yo te daba dinero, eran transferencias de decenas de miles, ¡y tú me das doscientos pesos!].
[¿Me estás dando limosna o qué?].
Isabela le respondió: [A un mendigo le daría dos pesos. Con los doscientos que te di, podría darle limosna a cien mendigos, ¿no te parece suficiente?].
[¿Cómo podría compararme con el señor Silva? Tu fortuna personal es de cientos de miles de millones, mientras que yo soy un pobretón que vive con la mano extendida.].
[Si mi esposo está de buen humor, me da para mis gastos; si está de mal humor, quiere recortármelos. Vivir así, dependiendo de tu limosna, es realmente humillante. Por eso, tengo que trabajar duro para ganar mi propio dinero.].
Cuando tuviera su propio dinero, podría gastarlo como quisiera.
No hay nada como tener tu propio dinero.
Elías se quedó sin palabras.
Era cierto que su familia le había aconsejado que redujera el dinero que le daba a Isabela, pero no lo había hecho.
¿Y su vida era humillante?
No vivía con sus suegros ni con su cuñada, nadie la molestaba, vivía en una mansión enorme, conducía carros de lujo… Era la vida con la que incontables personas soñaban.
Para evitar morirse de un coraje, Elías no le envió más mensajes.
La lengua de Isabela se estaba volviendo cada vez más letal.
Al final, Elías aceptó los doscientos pesos que su esposa le transfirió. Era mejor que nada.
Al menos, era dinero de su esposa para que pidiera comida, lo cual podía considerarse una muestra de preocupación.
Llamó a su chofer y le pidió que le comprara el almuerzo y se lo llevara.
No se iría de ahí hasta que salieran los resultados de la prueba.
La espera era una tortura.
¿Era esta Isabela la verdadera Isabela?
Si era una impostora, ¿qué haría con ella?


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda