—Viendo cómo está la señora Silva, se me hace difícil que le lleve un bocadillo por iniciativa propia. Siento que cada vez le importa menos —dijo Ana, por instinto.
—Cuando la señorita Jimena vino con sus amigos, la señora Silva no se puso celosa para nada. Si lo amara a usted, se pondría celosa. No estarlo podría significar que, bueno... que ya no lo quiere.
A Elías no le gustó escuchar eso.
—No es que ya no me quiera. Es que la lastimé con lo que hice últimamente y ahora me está aplicando la ley del hielo. Con que la consienta un poco, se le pasará.
Ana pensó para sus adentros: «Sí, claro, la consiente. Y en cuanto la señora Jimena y la señora Silva tengan otro problema, el señor volverá a lastimar a su esposa. Es un círculo vicioso, sería pedirle peras al olmo que la señora Silva no terminara con el corazón hecho piedra».
—No es nada.
Elías no quiso seguir hablando del tema con Ana y colgó.
*Toc, toc.*
Apenas había colgado cuando llamaron a la puerta. Se enderezó en su silla y dijo con voz grave:
—Adelante.
La puerta de la oficina se abrió, revelando a Rodrigo.
Rodrigo era un visitante frecuente en la oficina de Elías; no necesitaba que la secretaria lo anunciara y podía entrar y salir a su antojo.
—Elías, ¿muy ocupado?
Rodrigo se acercó y se sentó frente a él sin necesidad de invitación.
—Alguien en mi puesto nunca deja de estarlo. Apenas tengo tiempo para tomar un vaso de agua.
Elías levantó su taza, bebió un par de sorbos de café y le preguntó a Rodrigo:
—Rodrigo, ¿quieres café o agua?
—Un vaso de agua está bien, gracias —respondió Rodrigo con una sonrisa—. El café solo me gusta el que me prepara Jimena. El que hacen los demás, no sé, como que no me sabe igual.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda