—Si de plano te aburres mucho, te mando a tomar clases de etiqueta y luego le digo a mi mamá que te lleve de vez en cuando a las reuniones de señoras para que aprendas a socializar.
Isabela le respondió:
—¿Acaso te he hecho pasar vergüenza cuando te acompaño a los eventos? ¿Mis modales no son buenos? ¿No sé socializar?
Elías se quedó sin palabras.
Su comportamiento siempre había sido impecable.
Pero rápidamente añadió:
—No sabes cuántas mujeres quisieran ser la señora Silva, vivir como reinas sin mover un dedo. ¿Por qué no puedes ser como ellas y quedarte tranquila en casa?
—Porque es aburrido, y cuando me aburro…
—¡Ya, ya, ya! Haz lo que quieras, no me voy a meter —la interrumpió Elías.
Extendió la mano para tomar la de ella, pero Isabela la apartó de un tirón, lo fulminó con la mirada y preguntó:
—¿Qué intentas hacer?
—Adrián todavía no debe haber llegado. Vamos a esperarlo adentro. Solo quería entrar contigo, no es como si quisiera aprovecharme de ti. No me mires como si fuera un pervertido. Ni aunque me dejaras, me interesaría.
—Sé caminar sola, no necesito que me lleves de la mano —dijo Isabela—. Y es mejor que no te interese, lo que me preocuparía es que sí te interesara.
De ser así, divorciarse sería imposible.
—Aunque, con lo niño bueno que eres, dudo que sepas siquiera cómo aprovecharte de alguien.
Tras decir eso, Isabela caminó decidida hacia la entrada del hotel.
Elías se quedó con el rostro ensombrecido, mirando su espalda. Después de un momento, murmuró en voz baja:
— Aunque no lo he hecho, conozco la teoría. No soy tonto.
Las cosas entre hombres y mujeres eran un instinto humano, no algo que se tuviera que aprender.
Simplemente no le interesaba ella. Si le interesara, encontraría cualquier momento para robarle un beso.


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