Elías colgó.
A Adrián no le importó que le colgara. Cada vez que sus amigos le daban en el clavo, Elías simplemente colgaba en silencio. Ya lo conocían y estaban acostumbrados.
Pronto, Elías entró al hotel.
Normalmente, cuando venía, usaba el acceso privado para evitar a la gente. Pero esta vez, al haberse encontrado con su esposa, no le importó que lo reconocieran y decidió no usarlo.
Isabela estaba sentada en un sofá del lobby. Cuando lo vio entrar, apenas le dedicó una mirada y siguió entretenida con su celular.
La indiferencia de Isabela le recordó a Elías lo que Adrián acababa de decir: el amor que ella sentía por él se desvanecía poco a poco.
Pero no podía culparla. El error había sido suyo.
La había engañado para casarse, le había mentido sobre sus sentimientos. Al descubrir la verdad, ella pasó del llanto a, gradualmente, dejar de amarlo. Se estaba salvando a sí misma.
¿Con qué derecho podía él quejarse de que ya no lo amara?
¿No era él quien más temía que ella se aferrara a su amor, incapaz de soltarlo? Se lo había repetido una y otra vez: «No me ames».
Ahora que ella finalmente estaba aprendiendo a dejarlo ir, ¿por qué se sentía tan inquieto, tan mal?
Elías caminó directamente hacia Isabela. No había espacio a su lado, pues otras personas ocupaban los asientos. Aun así, se quedó de pie frente a ella, mirándola desde arriba.
Los que estaban cerca observaban la escena con interés, alternando la mirada entre él e Isabela.
—Siéntate tú —dijo Isabela, levantándose para cederle el lugar. Luego, se hizo a un lado y se recargó en una de las grandes columnas del lobby, volviendo a su celular.
En realidad, estaba leyendo un guion. El guionista le había enviado la nueva versión por WhatsApp, y estaba muy concentrada.
Elías, con el ceño fruncido, se dirigió a la persona que estaba sentada al lado.
—Disculpe, ¿podría cederme su asiento? —dijo en voz baja.
La persona se sorprendió un poco, pero accedió de inmediato. Al levantarse, le dijo:

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