« A una mujer no se le toca ni con el pétalo de una rosa», se repitió Elías mentalmente.
La mirada furiosa que le dirigía a Isabela se fue suavizando. Se dio la vuelta y empezó a caminar a grandes zancadas. Tras unos pasos, se giró y le dijo:
—¿Qué haces ahí parada? ¡Sígueme!
Isabela no respondió, simplemente lo siguió en silencio.
Por un momento, pensó que iba a pegarle.
Por suerte, no lo hizo.
Una vez en el carro, el conductor arrancó rápidamente.
Elías estaba sentado con la espalda recta, el rostro tenso y los labios apretados. Una atmósfera gélida emanaba de él.
Isabela, sentada a su lado, lo miró de reojo.
Si tanto le dolía, ¿para qué ir?
Ver a Jimena y a Rodrigo felices solo lo haría sentir peor.
Pero él mismo se había buscado ese resultado. ¿Por qué no le declaró su amor a Jimena en su momento? Incluso si Rodrigo se le adelantó, él podría haberlo hecho también y competir limpiamente.
Pero no lo hizo.
Valoró más su amistad con Rodrigo y no se atrevió a competir desde el principio.
Si había cedido y renunciado desde el inicio, debería haberlo superado.
Si lo hubiera superado, no la habría arrastrado a ella a este lío.
En su vida pasada, hasta el día de su muerte, él nunca le había dicho a Jimena que la amaba.
—Isabela, lo siento.
De repente, se disculpó en voz baja, sin mirarla, con la vista fija al frente.
—No debí amenazarte.
—Te encanta amenazar a los más débiles, es una costumbre tuya —le dijo Isabela—. Naciste en cuna de oro, con una riqueza y un estatus que otros jamás tendrán en su vida.
—Tú eres de los que ponen las reglas, y la gente común como yo somos los que las obedecemos. Si algo no te gusta, en cualquier momento puedes controlarnos, sujetar nuestros puntos débiles y obligarnos a hacer cosas que no queremos, pero que no nos queda más remedio que hacer.
—Sabías lo importante que es mi negocio para mí y aun así lo usaste para amenazarme.

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