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Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda romance Capítulo 230

« A una mujer no se le toca ni con el pétalo de una rosa», se repitió Elías mentalmente.

La mirada furiosa que le dirigía a Isabela se fue suavizando. Se dio la vuelta y empezó a caminar a grandes zancadas. Tras unos pasos, se giró y le dijo:

—¿Qué haces ahí parada? ¡Sígueme!

Isabela no respondió, simplemente lo siguió en silencio.

Por un momento, pensó que iba a pegarle.

Por suerte, no lo hizo.

Una vez en el carro, el conductor arrancó rápidamente.

Elías estaba sentado con la espalda recta, el rostro tenso y los labios apretados. Una atmósfera gélida emanaba de él.

Isabela, sentada a su lado, lo miró de reojo.

Si tanto le dolía, ¿para qué ir?

Ver a Jimena y a Rodrigo felices solo lo haría sentir peor.

Pero él mismo se había buscado ese resultado. ¿Por qué no le declaró su amor a Jimena en su momento? Incluso si Rodrigo se le adelantó, él podría haberlo hecho también y competir limpiamente.

Pero no lo hizo.

Valoró más su amistad con Rodrigo y no se atrevió a competir desde el principio.

Si había cedido y renunciado desde el inicio, debería haberlo superado.

Si lo hubiera superado, no la habría arrastrado a ella a este lío.

En su vida pasada, hasta el día de su muerte, él nunca le había dicho a Jimena que la amaba.

—Isabela, lo siento.

De repente, se disculpó en voz baja, sin mirarla, con la vista fija al frente.

—No debí amenazarte.

—Te encanta amenazar a los más débiles, es una costumbre tuya —le dijo Isabela—. Naciste en cuna de oro, con una riqueza y un estatus que otros jamás tendrán en su vida.

—Tú eres de los que ponen las reglas, y la gente común como yo somos los que las obedecemos. Si algo no te gusta, en cualquier momento puedes controlarnos, sujetar nuestros puntos débiles y obligarnos a hacer cosas que no queremos, pero que no nos queda más remedio que hacer.

—Sabías lo importante que es mi negocio para mí y aun así lo usaste para amenazarme.

Isabela giró la cabeza para mirar el paisaje urbano por la ventana.

—No te acompañaré en tu viaje de negocios esta tarde. Tú tienes tus asuntos y yo los míos.

Elías guardó silencio por un largo rato antes de preguntarle:

—¿Tienes tanta prisa por emprender y ganar dinero porque quieres lograr tu independencia económica y divorciarte?

Él conocía su difícil situación financiera.

—Solo no quiero ser un parásito.

Isabela no admitiría que se estaba preparando para dejarlo.

Si lo decía, temía que le exigiera devolver los diez millones de pesos de capital inicial. No sentía que se los debiera; ese dinero se lo merecía. Era la compensación que él le debía.

Él había desperdiciado su juventud y pisoteado sus sentimientos.

Cobrar un poco de interés, exigir una compensación, ¿qué tenía de malo?

Desde que había renacido, su objetivo en la vida era usar el estatus y la riqueza de él para su propio beneficio. Cuando pudiera valerse por sí misma, cuando hubiera alcanzado la independencia económica y ya no pudiera ser manipulada por los que ponían las reglas, entonces podría escapar de esta jaula invisible.

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