—Tú le das algo de comer con buena intención, pero si a esa persona le pasa algo y te echa la culpa, te exigirá una compensación y, aunque grites que eres inocente, nadie te creerá.
—Incluso si lo que le diste era completamente seguro, si esa persona insiste en que se sintió mal por tu comida, ¿qué puedes hacer?
Elías abrió la boca, pero no supo qué decir. Porque Isabela tenía toda la razón.
—En la casa de los Méndez hay un chef. Si se le antoja algo, que el chef se lo prepare. Si no le gusta cómo cocina, que vaya a un restaurante. O que su marido le cocine. Incluso tú podrías ir y preparárselo.
—Pero yo no voy a ir a cocinarle. Si quiere comer, bien, y si no, también. No es mi estómago el que se quedará con hambre.
Elías la observó en silencio.
—Y no me mires así. Tu cara bonita no funciona conmigo.
—Isabela, yo… te daré dinero. Y si Jimena come las costillas que prepares y dice que se siente mal, te prometo que estaré de tu lado.
Elías todavía intentaba convencerla de que fuera a cocinarle a Jimena.
No había de otra. Jimena había pedido específicamente que fuera Isabela quien lo hiciera.
—Elías, esto no es un asunto de dinero. Y tu promesa no sirve de nada, porque tú no eres Jimena ni Rodrigo. Si algo pasara de verdad, no podrías protegerme. Quizás hasta serías el primero en atacarme.
—Te lo dije, desde que me engañaste para casarte conmigo, tu credibilidad conmigo se fue al suelo.
—El ramo, llévatelo. Los postres, también. No merezco disfrutar de estas cosas.
Isabela se levantó y comenzó a caminar hacia la salida.
—Isabela, ¿a dónde vas?
Elías se levantó instintivamente y la agarró del brazo.
Isabela se zafó de su mano, caminó hasta la puerta de la oficina, la abrió y le hizo un gesto para que saliera.
—Isabela, te lo ruego, ¿puedes hacerlo?
—Ya te dije que no voy a ir y punto. Tú te preocupas por ella, pero a mí no me importa. En lugar de estar aquí perdiendo el tiempo conmigo, deberías ir tú mismo a cocinarle.
Por más que Elías le suplicó, Isabela se mantuvo firme. Él también se molestó.
—Carolina invirtió en la miniserie que está produciendo tu esposa. Dijo que quería venir a ver cómo iba el progreso y me pidió que la acompañara.
Añadió con una expresión de resignación:
—Ya sabes cómo es Carolina, siempre pegada a su hermano mayor.
A su lado, Carolina pensó para sus adentros: «Claramente fue mi hermano el que me estuvo insistiendo hasta hartarme para que viniera a ver el avance de la grabación».
Su hermano… de verdad estaba interesado en Isabela.
Suspiró.
Qué situación tan complicada.
Isabela era la esposa de Elías, y su hermano era amigo de Elías. ¡Estaba deseando a la mujer de su amigo!
—Señor Silva. —Su hermano le dio un codazo disimulado, y Carolina, un poco avergonzada, dijo—: En realidad, vine porque quiero atraer a más inversionistas, así que convencí a mi hermano para que me acompañara a echar un vistazo.

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