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Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda romance Capítulo 263

Hizo una pausa y luego añadió:

—Este fin de semana estoy libre.

Estaba insinuando que lo invitara a cenar el fin de semana.

—De acuerdo, entonces el fin de semana los invito a cenar a usted y a Caro. Señor Morales, ya es muy tarde, debería irse a descansar.

Álvaro le dijo que entrara a la casa. Esperó a verla entrar y cerrar la puerta principal con llave antes de irse.

En cuanto Isabela se dio la vuelta, casi se estrella contra el pecho de Elías. El susto fue tal que casi gritó.

— Elías, ¿quieres matarme del susto? ¡Apareciste de la nada!. ¿No estabas borracho? ¿O estabas fingiendo?

Elías la miró y dijo en voz baja:

—Te he dado tanto dinero y nunca me has invitado a comer.

—El señor Silva es muy delicado para comer, no me alcanza para invitarlo —respondió Isabela, molesta—, además, le diste lata toda la noche al señor Morales y encima nos trajo de regreso. Le debemos un favor, ¿no crees que deberíamos invitarlo a cenar?

—Bueno, ya, entremos a la casa.

Isabela lo rodeó y se dirigió a la casa principal.

De repente, Elías se desplomó, produciendo un golpe seco.

Isabela se giró y, tras un momento de sorpresa, corrió de vuelta a su lado. Se agachó para moverlo.

—Elías, ¿qué haces? Si puedes caminar. Levántate, te lo advierto, no puedo contigo.

Después de descansar un rato, Isabela tuvo que resignarse a meter a ese hombre en la casa. Pero Elías pesaba como un bulto de papas, sin hacer el más mínimo esfuerzo, dependiendo completamente de ella. Por más que lo intentó, no logró meterlo a la casa, y terminó agotada.

Se rindió. Se puso de pie, con las manos en la cintura, y lo miraba desde arriba con furia. Levantó un pie, con la intención de pisarle con todas sus fuerzas esa cara bonita, pero solo fue un amago. Justo antes de tocarlo, detuvo el pie. Al final, no lo pisó.

—¡Elías, cómo quisiera matarte! —se quejó—. ¡Te odio! No me amas, pero me persigues, me engañas, me mientes. Te casas conmigo y en nuestra noche de bodas destrozas mi sueño de felicidad tú solito. Te emborrachas y tengo que servirte y cuidarte. ¿Por qué no le pides a tu amada que venga por ti? ¿Por qué me llamas a mí?

—Para lo bueno nunca piensas en mí, pero para lo malo, soy la primera en tu lista.

Isabela se desahogó.

—Elías, levántate, vamos a dormir adentro. No puedo arrastrarte, me estoy muriendo del cansancio. ¡Ándale, levántate!

Se agachó y lo empujó. Él no se movió.

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