Un minuto después, Isabela se puso de pie, se dio la vuelta y entró en la casa.
Al oír sus pasos alejarse, Elías volvió a abrir los ojos sigilosamente para echar un vistazo, y los cerró de nuevo, escuchando atentamente los ruidos del interior.
No creía que Isabela fuera capaz de dejarlo dormir en la entrada toda la noche. Ella todavía se preocupaba por él, le importaba. Seguro encontraría la manera de meterlo en la casa.
Isabela salió poco después. Llevaba una cubeta de agua. Dentro había dos bolsas de hielo.
Al salir, dejó la cubeta en el suelo, metió la mano para sentir la temperatura y, al notar que estaba helada, sacó las dos bolsas de hielo. Las dejó a un lado, levantó la cubeta, se irguió y, mirando a Elías tirado en el suelo, con todas sus fuerzas, le arrojó el agua helada en la cabeza.
El sonido del agua chapoteando se mezcló con un alarido del señor Silva, quien se levantó de un salto, despavorido. Tenía la cara y el pelo empapados, y la ropa también se le había mojado.
¡Qué fría estaba el agua!
Elías, apresuradamente, se limpió el agua helada de la cara con las manos. De improviso, sintió cómo le encajaban la cubeta en la cabeza.
—Ya se te bajó, ¿verdad? Si ya estás sobrio, entra tú solito. Y de paso, llévate esta cubeta y recoge las dos bolsas de hielo del suelo.
Isabela soltó la orden, se dio la vuelta y se echó a correr.
Para cuando Elías se quitó la cubeta de la cabeza, ella ya había desaparecido.
Furioso, Elías apretó los dientes.
—¡Isabela, Isabela!
¡Cómo se atrevía a echarle una cubeta de agua encima! ¡Y con hielo!
De haber sabido que sería tan despiadada, no se habría hecho el dormido. Se estaba congelando.
Elías arrojó la cubeta y hasta le dio un par de patadas. Mientras se secaba las gotas de agua que le resbalaban por la cara, entró en la casa. Al subir, todavía indignado, fue a la habitación de Isabela y golpeó su puerta con fuerza. Pero ella lo ignoró por completo y no abrió.
Elías le dio un par de patadas a la puerta, pero solo consiguió lastimarse el pie. Como tenía frío, el señor Silva desistió de ajustar cuentas con su esposa y se fue a su cuarto a darse un baño.
El resto de la noche transcurrió en silencio.
***
—Pero si no desayuna, le dará hambre. Y si se le irrita el estómago, será un problema —dijo Ana, preocupada.
—Pues que me muera de hambre, total, a su señora Silva no le va a importar.
—Usted y la señora Silva se pelearon anoche, ¿verdad? —preguntó Ana. Había llegado a las seis de la mañana y vio las dos bolsas de hielo derretidas y la cubeta en la entrada.
—Ni siquiera quiere pelear conmigo —respondió Elías, con un deje de amargura.
—Si la señora Silva discutiera con usted, se quejaría de que es una maleducada y que no lo comprende —dijo Ana con cuidado.
Elías no dijo nada más. Siguió caminando y, efectivamente, se fue a la oficina sin desayunar.
Ana lo pensó un momento y llamó a Isabela. Cuando contestó, le dijo:
—Señora, el señor se fue sin desayunar.
—Si no comió es porque no tenía hambre. Ana, no te preocupes tanto. Ese hombre ya tiene treinta años, no es un bebé de tres meses. Si tiene hambre, buscará qué comer. Hasta un recién nacido sabe llorar cuando tiene hambre.

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