«Ay, mi señora Silva», pensó Ana, «lo que yo quiero es que le lleve algo de comer al señor Silva, para darles una oportunidad de reconciliarse».
—Si la señora pudiera llevarle un desayuno preparado con amor al señor Silva, él se pondría muy contento.
—Ana, anoche lo ofendí muchísimo. No importa lo que le lleve de comer hoy, no se va a alegrar. Al contrario, sería como ponerme de pechito para que se vengue. Solo una idiota haría algo así, y yo no lo soy.
—Ana, estoy en una reunión. No puedo seguir hablando. Hasta luego.
Isabela colgó.
—Señora, señora…
La señora Silva le había colgado. Sin embargo, Ana había obtenido una respuesta definitiva: la parejita se había peleado anoche, y tal vez hasta se habían ido a los golpes. Lo curioso era que tenía la sensación de que la señora Silva había ganado.
***
Mientras tanto, Elías, al llegar a la empresa, le pidió al chofer que se detuviera en cuanto entraron. Bajó la ventanilla y le dio una orden al guardia de turno:
—Si viene la señora Silva, déjenla pasar directamente. Quien la detenga, que se vaya despidiendo de su trabajo.
Los guardias respondieron afirmativamente al unísono. Pensaron que no era la primera vez que la esposa del director venía a la empresa y siempre había tenido acceso libre. ¿Quién se atrevería a detenerla?
Al entrar al edificio de oficinas, Elías repitió la misma orden a las dos recepcionistas. Incluso se lo dijo a su secretario personal: si Isabela le traía el desayuno, debía dejarla entrar directamente a su oficina, sin necesidad de esperar en la sala de visitas.
Sabía que Ana se preocupaba por él y que, al ver que se iba sin desayunar, seguramente llamaría a Isabela para pedirle que le trajera algo de comer. La vez anterior que Isabela le llevó sopa de pollo, supo que había sido idea de Ana.
Pero ese día, Elías estaba destinado a llevarse una decepción. Esperó y esperó, pero Isabela nunca apareció con su desayuno.
Como no aguantaba el hambre, después de la reunión, regresó a su oficina y buscó algo de comer. Unos cuantos bocadillos y un vaso de agua lo hicieron sentir un poco mejor.
«¿Será que Ana no le dijo nada a Isabela?», se preguntó. Quería llamar a Ana para preguntarle, pero le daba vergüenza.
—¿Qué es? —preguntó Elías con indiferencia.
—Mi hermana fue al hospital anteayer para una revisión de su embarazo y se encontró con la señora Jimena.
Tomás era soltero, pero su hermana melliza estaba casada y tenía más de seis meses de embarazo. Eran mellizos, un niño y una niña.
Al oír el nombre de Jimena, Elías levantó la vista hacia Tomás, esperando que continuara.
—La señora Jimena no conoce a mi hermana, pero mi hermana sí la reconoció. Resulta que la señora Jimena también iba a una revisión prenatal, y parece que los resultados no fueron buenos. Mi hermana escuchó algunas cosas desde fuera del consultorio.
—El doctor dijo que el embrión de la señora Jimena tenía un desarrollo anormal y era posible que se hubiera detenido. A las siete semanas de embarazo, todavía no había ni latido ni polo fetal. Otros estudios tampoco arrojaron buenos resultados, y el doctor le sugirió esperar una semana más para ver.
—Si seguía sin haber latido ni brote, tendría que abortar.
La expresión de Elías se endureció.

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