―Ya deja de hacerte esto ―Lo apreté más fuerte contra mí―. Me da rabia cada vez que te culpas por las acciones de los demás.
―Ya sabes lo que yo siento cuando tú haces lo mismo ―replicó. Trató de sonar humorístico, pero era obvio que recordar y compartir sus traumas lo estaba afectando.
―Mi niñez estuvo llena de “accidentes”. La gente a mí alrededor pensaba que simplemente era un niño con mala suerte. A los nueve años fui internado por tener una reacción alérgica provocada por un pastel de fresas en el cumpleaños de un compañero de la escuela. Su madre juraba haber excluido por completo cualquier producto que tuviese ese componente. Misteriosamente, un saborizante de fresa llegó a mi pedazo de pastel.
―Eso de por si era muy sospechoso.
―Pero las cosas no pasaron a mayores porque mis padres no armaron escándalo. Y claramente no lo iban hacer, corrían el riesgo de ponerse en evidencia.
―A los once, sufrí intoxicación por monóxido de carbono. Una sirvienta me encontró en el piso, inconsciente, y llamó a emergencia. Horas más tardes, fue despedida y culpada por dejar el horno prendido antes de salir hacer las compras.
―¿Fue a la cárcel?
―No, ya que mis padres lo tomaron por “descuido” de la empleada y simplemente la despidieron. Pero pudo ir a la cárcel si mis padres lograban el objetivo de asesinarle por una fuga de gas. Y les daría igual si una inocente pagaba por el crimen que ellos cometieron.
―Creo que ahora soy yo la que quiere verlos sufrir ―dije, abrumada por la cantidad de emociones negativas que invadía mi pecho.
―Sus intentos de matarme se estaban volviendo cada vez más desesperados a medida que yo sobrevivía a sus imbéciles planes.
Asintió con la cabeza.
―Al verme, enseguida supo que estaba enfermo. Estaba pálido, perdí más de diez kilos y mi rostro estaba demacrado. Peleó con mis padres por no haberle dicho que yo estaba enfermo todo ese tiempo y comenzó a sospechar. Mis padres hicieron lo posible por impedirle llevarme al hospital. Sin embargo, tuve una convulsión en el mejor momento, fue excusa suficiente para que mi frágil abuelo me llevara cargando a su auto. O al menos eso fue lo que me contó. El recuerdo de mi convulsión y la salida de la casa están borrosas en mi memoria ―Alejó su cabeza de mi cuerpo, enderezando su cuello. Miró a la nada, confuso―. En realidad, mucho de mis recuerdos están borrosos. Y pasé la mayor parte de ese año, tumbado en una cama.
Era horrible. No sabía si podía seguir escuchando esto sin vomitar. Tenía el estómago revuelto.
―Deberíamos irnos ―dijo al ver mi gesto.
―No quiero. Quiero saberlo todo, Derek. Cada detalle. Solo si tú así lo deseas ―dije con convicción.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...