¡Trágame tierra! ¿Qué acababa de hacer? ¿Se había atrevido a darle sermones a los gritos a su jefe?
Su empleo... Su preciado puesto de secretario estaba a punto de pasar a mejor vida.
—Jefe, yo...
Renato sentía ganas de llorar. ¡Si había sido el propio presidente quien le preguntó! Bueno, quizás se emocionó un poco de más, pero... no lo iba a despedir por eso, ¿verdad?
¡Al menos que le quitara el bono, pero que no lo echara a la calle!
—¿Qué fue lo que dijiste hace un momento? ¿El que persevera, alcanza? —Aunque Luciano no le había prestado demasiada atención, esa frase en particular se le había quedado grabada.
Renato casi se cae de espaldas. El jefe no solo no lo iba a despedir ni a descontarle su dinero, sino que le estaba pidiendo que repitiera.
Hizo memoria. Sí, estaba seguro de haber dicho eso.
—¡Sí, señor!
Respondió con un hilo de voz, sin quitarle el ojo de encima a Luciano, aterrado de que pudiera cambiar de humor de un segundo a otro.
Luciano arqueó una ceja y una curva sutil apareció en sus labios.
—Bien. Ya no te necesito aquí. Puedes retirarte.
Le lanzó una mirada de soslayo al pobre secretario. Quién diría que este idiota sería capaz de soltar una frase tan útil.
Renato, completamente descolocado, no dudó en salir de la oficina antes de que la suerte se le acabara, dejando a Luciano solo, sumido en sus pensamientos.
Unos instantes después, Luciano tomó su teléfono móvil.
—Bueno... necesito que investigues algo urgente para mí...
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