En el fondo, Tiago no dejaba de suspirar. Su mamá, la «preciosidad», y su hermana, la «belleza», eran demasiado blandas de corazón. ¿Qué iba a hacer con ellas?
Tendría que estar con los ojos bien abiertos. No podía permitir que ese sujeto las volviera a engañar bajo ninguna circunstancia.
A su corta edad, Tiago ya había asumido la enorme responsabilidad de ser el guardián absoluto de Talía y Tessa, ignorando por completo que él mismo apenas era un niño.
Y, por supuesto, Luciano Lara no tenía ni la más remota idea de que el obstáculo más formidable en su épica misión de reconquista... era su propio hijo de sangre.
***
A la mañana siguiente, Talía bajó al estacionamiento del edificio con los gemelos, lista para llevarlos al kínder. Al salir, se topó con Pelayo Montero, a quien no veía desde hacía un buen tiempo. Llevaba puesto un traje blanco impecable y estaba recostado con aire casual contra su llamativo Jeep rojo. El contraste entre el hombre elegante y la imponente camioneta era digno de portada de revista.
—¡Preciosidad, mira, es el tío Pelayo! —exclamó Tessa al verlo, iluminándosele el rostro.
Con sus piernitas cortas, salió corriendo hacia él, frenando en seco justo enfrente. Su dulce vocecita no tardó en derretir a Pelayo.
—Tío Pelayo, ¿qué haces tan temprano en nuestra casa? ¿Tú también vives aquí?
¡Qué guapo se veía! Si vivían en el mismo lugar, significaba que podrían cruzarse todos los días.
Pelayo la tomó por la cintura, la levantó por el aire haciéndola volar un instante, y luego la sostuvo en sus brazos.
—Estaba esperando para llevarlos a la escuela. Nuestra princesita amaneció más hermosa que de costumbre. Eres un encanto.
—Ay, tío Pelayo, no digas esas cosas tan bonitas... me da vergüenza —rio la niña, coqueta.
—¡Tessa, bájate de ahí! Le vas a dejar la ropa hecha un desastre.

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