Talía dejó escapar una sonrisa amarga. ¡Qué ingenua había sido! ¡Apenas ahora abría los ojos!
—Talía... por favor, no llores. Déjame esto a mí a partir de ahora, yo me encargaré de todo. —Tomás seguía preocupado, mirándola con angustia.
—Sí, Tomás. Lo sé, no te preocupes por mí. —Pero en su interior, ¿cómo no iba a involucrarse? Por su culpa, la familia Blasco terminó en la ruina. Jamás se quedaría de brazos cruzados. Sin embargo, para calmar a su hermano, esbozó una sonrisa tranquila y fingió ceder.
—Muy bien, ¿y cómo van los preparativos para la sucursal de Corporativo BUT aquí en ciudad Montefuerte? ¿Necesitas que te ayude con algo? —preguntó Tomás, intentando desviar la conversación hacia un terreno menos doloroso.
—Tranquilo, yo solo veo la dirección de diseño. Del resto operativo se encarga un equipo especializado. No me quita mucho tiempo —respondió Talía, recomponiendo su expresión profesional.
—Me alegra escuchar eso. Tienes que cumplir con las expectativas que Tristán puso en ti, no lo defraudes. —Al pensar en su gran amigo, el rostro de Tomás se relajó.
—No lo haré, lo tengo muy claro. —Talía asintió suavemente.
El recuerdo de aquella tormentosa noche de hace cinco años volvió a su mente. Agotada física y emocionalmente, terminó desplomándose bajo la lluvia helada.
Si no hubiera sido por Tomás, que desde el extranjero seguía de cerca el hundimiento de la empresa, no habría sobrevivido. Su hermano le había rogado a su amigo, Tristán Iturralde, que estaba en la ciudad por negocios, que fuera a buscarla a la mansión de los Blasco.

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