Si a esta gente no se le imponía un castigo, jamás aprenderían las reglas.
El tono gélido con el que pronunció esas palabras hizo palidecer a las empleadas chismosas, pero ninguna tuvo el valor de suplicar clemencia.
Satisfecho al ver sus caras de terror, Luciano se dio la media vuelta y, cargando a Tessa en brazos, regresó rumbo a su oficina.
Oculta en su pecho, Tessa se tapaba la boquita y sonreía por lo bajo; sus inmensos ojos se habían convertido en dos medias lunas de la pura felicidad que sentía en ese momento.
***
—Jefe, Tais ya llegó. Lo está esperando en su oficina.
Renato se acercó de pronto y le susurró las novedades al oído.
Esas palabras llegaron nítidamente a los oídos de Tessa, quien se tensó de golpe, presa del pánico.
«¿Qué hace mi preciosidad aquí? ¿Será que sabe que estoy en este lugar? ¡No puede ser! Ya le había avisado a mi hermano que iba para la escuela. ¡Deberían estar esperándome en el jardín de niños, no viniendo para acá! ¿Acaso mi padre canalla le avisó a mi preciosidad? ¿Todavía se hablan? ¡No, eso no tiene sentido! Si el padre canalla le hubiera avisado, eso significaría que ya sabe quién soy».
La mente de Tessa trabajaba a mil por hora. Estaba nerviosa y aterrada, sin la menor idea de cómo le iba a explicar toda esta situación a su mamá.
—¡Señor, tengo que ir al baño!
Viendo que la puerta de la oficina estaba cada vez más cerca, Tessa se agarró la barriguita y puso cara de urgencia extrema.
—Espera un momento, le pediré a alguien que te acompañe.
Justo cuando Luciano iba a llamar a una de las empleadas para que la escoltara, Tessa lo interrumpió de inmediato.
—¡Señor, yo sé dónde está el baño! Usted vaya a trabajar, yo lo busco en su oficina en un ratito.
Tessa agitó las manos frenéticamente y se escurrió de los brazos de Luciano hasta tocar el piso.

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