—Tessa, corazón, irás a casa con tu tío en un ratito, ¿sí? Si estás cansadita, descansa, no hagas travesuras. Mamá regresará en la noche a leerles un cuento a ti y a tu hermano, ¿de acuerdo?
Tessa, percibiendo los nervios de su madre, sintió una punzada de ternura y le dio un dulce beso en la mejilla.
—Sí, mami. Mi hermano y yo seremos niños muy buenos. Te esperaremos.
Al verla tan comprensiva, el corazón de Talía se derritió, y gran parte de su pánico se disipó.
—Ay, mi pequeña...
Abrazó a su hija con fuerza y la llenó de besos en sus regordetas mejillas, deseando no tener que soltar jamás a esa criatura tan dulce.
Luciano, desde el sofá, observaba la tierna escena de mimos y abrazos con una inmensa envidia en el pecho. Pensaba que, si él y Talía tuvieran una niña tan adorable, ella seguramente sería igual de radiante, y formarían una familia increíblemente feliz.
Tomás no tardó nada en llegar; de hecho, fue más rápido que Benigno Vega. Apenas pisó el Corporativo Lara, se fue directo a la oficina del jefe.
—¡Talía! ¿Dónde está Tessa? —La voz de Tomás resonó desde el pasillo, interpretando a la perfección el papel de un padre desesperado por ver a su hija.
—¡Aquí estoy! —Tessa corrió con sus piernitas, lanzándose de lleno a los brazos de su tío.
Tomás sintió un alivio inmenso. La revisó de arriba abajo y, al confirmar que no tenía ni un rasguño, la apretó contra su pecho con alegría.
—¡Ay, mi pequeña, casi matas del susto a tu tí...!
Viendo que estaba a punto de meter la pata, Talía lo interrumpió de golpe.
—Hermano, por favor llévatela a casa. Aún tengo cosas que arreglar aquí, así que me quedaré. —Acompañó sus palabras con una mirada muy significativa.

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