Benigno no dijo más. Se despidió con un movimiento rápido de la mano y, a diferencia de su llegada tranquila, salió corriendo de allí como alma que lleva el diablo.
—¿Por qué tanta prisa? —preguntó Talía.
—Quién sabe... —Luciano enarcó una ceja y se encogió de hombros, fingiendo total ignorancia.
—Bueno, tu herida ya está vendada y se hace tarde. Ya debo irme. Dejé tus medicinas sobre la mesa, no olvides tomarlas.
Talía había organizado los frascos ordenadamente y, además, le dejó una nota con las indicaciones precisas. Se sacudió las manos, lista para marcharse.
—¿Te vas ya? ¿Y qué va a ser de mí si te vas?
Luciano frunció el ceño, clavando su intensa mirada en ella.
—Te lastimaste la cabeza, no te rompiste las piernas. Que me vaya no te afecta en nada.
Ya había sido bastante amable curándolo, ¿qué más quería el hombre?
—¿No escuchaste lo que acaba de decir Benigno? Necesito descansar, no hacer corajes, no esforzarme, comer ligero, y necesito que alguien me cuide las veinticuatro horas. Si te vas y me pasa algo, ¿qué voy a hacer?
Una sonrisa imperceptible se asomó en los labios de Luciano. Qué bueno que había tenido la precaución de lanzarle esa indirecta a Benigno; ahora sus palabras le venían como anillo al dedo.
—¡Pues solo sigue las indicaciones del doctor! Si necesitas comer ligero, pide a domicilio; y para que te cuiden las veinticuatro horas, tienes a Renato. O, si no te convence, puedes irte a tu casa. ¡Ahí está Jovita! ¡Estoy segura de que ella estaría más que encantada de cuidarte de manera muy personal!
Talía enfatizó la palabra «personal», y su rostro adoptó de nuevo esa expresión fría y distante que repelía a cualquiera.
Era como si la mujer que momentos antes le había soplado la herida con ternura, preguntándole si le dolía, jamás hubiera existido.

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