Talía jamás se imaginó que Luciano sería tan torpe como para meterse a la boca una empanada tan jugosa y humeante de un solo bocado.
Con esa quemada, seguro se había arruinado la lengua.
Sin embargo, a pesar de los gritos de Talía pidiéndole que lo escupiera, Luciano prefería soportar el dolor antes que botar la comida.
Mientras saltaba en su lugar, se abanicaba desesperadamente la boca con ambas manos, intentando enfriar el bocado ardiente.
Después de unos interminables segundos, Luciano finalmente logró tragar, pero en cuanto lo hizo, sintió cómo el calor le trazaba una línea de fuego bajando por la garganta, doliéndole hasta la boca del estómago.
Al verlo dar saltitos, con los ojos llenos de lágrimas a punto de derramarse, Talía sintió una inexplicable punzada de compasión, aunque también estaba molesta.
—¿No te dije que lo escupieras? Con tanta comida en la mesa, ¿no te alcanzaba? ¿Por qué aferrarte a una sola empanada?
—Porque... fue la que tú me serviste. No quería escupirla.
Luciano habló con dificultad, sacando un poco la lengua.
Al ver que tenía toda la lengua enrojecida y que su voz sonaba extraña, Talía sintió aún más coraje.
Pero al escuchar ese «No quería escupirla», todo su enojo se esfumó. Sintió un nudo en la garganta y unas inmensas ganas de llorar; sus ojos se humedecieron sin que pudiera evitarlo.
Durante la universidad, ella le llevaba el desayuno todos los días y él jamás probó un bocado. Ahora, con solo servirle una simple empanada, él la atesoraba al punto de preferir quemarse la boca antes que desecharla.
Por un momento, Talía no supo si reír o llorar, y se quedó muda un buen rato.
Solo pudo suspirar ante lo caprichoso del destino y las vueltas de la vida.
Tal vez, simplemente se conocieron en el momento equivocado, y estaban condenados a ser como dos barcos cruzándose en la noche.
—Olvídalo. Tienes la lengua muy inflamada y roja, será mejor que vayamos al hospital.
La lengua de Luciano estaba tan lastimada que parecía estar llenándose de ampollas. Definitivamente necesitaba que un doctor la revisara.
Al ver a Talía tan preocupada por él, Luciano sintió una inmensa felicidad, a pesar del ardor en su boca. Sentía que el dolor había valido la pena.

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