¿Qué les iba a decir? ¿Que en realidad no le gustaban los videojuegos y que solo lo había aprendido en una semana para poder pasar tiempo con ellos?
Decir eso sería clavarse su propio puñal.
Tiago y Tessa, jugando por primera vez ese mismo día, lo habían masacrado sin piedad.
Diez partidas jugadas, cero victorias. Mientras más intentara justificarse, más patético se vería. Ya no tenía salvación.
Pelayo solo pudo suspirar resignado y admitir que esos dos niños eran un par de fenómenos. ¿Qué clase de genética increíble hacía falta para engendrar hijos con semejante nivel de genialidad?
Al recordar que esos niños tan talentosos eran hijos de Talía con otro hombre, una punzada de celos amargos le atravesó el pecho.
Pero luego cambió el enfoque: unos niños tan inteligentes y listos... Cuando él lograra conquistar a Talía, por muy genios que fueran, tendrían que llamarlo papá. Con ese pensamiento, su mal humor se esfumó y volvió a sonreír.
***
En el hospital...
Benigno Vega ya se había cambiado de ropa, listo para salir a relajarse y disfrutar de la tarde, cuando abrió la puerta de su consultorio y se topó de frente con Luciano y Talía.
—¿Y ustedes qué hacen aquí?
Habló en plural, pero su mirada estaba fija en Luciano.
Benigno apenas y trataba con Talía, así que estaba claro que ella no iba a buscarlo por iniciativa propia. Si alguien lo necesitaba, ese era, sin duda, Luciano.
Antes de que él pudiera abrir la boca, Talía se apresuró a hablar, evidentemente preocupada:
—¡Revísalo rápido! Se quemó la lengua.
Talía empujó a Luciano frente a Benigno con la misma urgencia de una madre llevando a su hijo travieso a urgencias.
—¿La lengua... quemada?
¿A qué clase de juegos extremos se estaban dedicando estos dos para que terminara con la lengua quemada?

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