Talía estaba sinceramente agradecida con Pelayo. De no haber sido por él hoy, los niños habrían estado solos en casa todo el día, y eso la habría tenido con los nervios de punta.
Parecía que ya era hora de buscar a una buena niñera, de lo contrario, si surgía algún imprevisto, no tendría quién cuidara de ellos.
Antes, Talía creía que podía manejarlo todo. Al fin y al cabo, cuando vivía en el extranjero, trabajaba y cuidaba a los niños al mismo tiempo sin problemas.
Pero olvidaba un detalle crucial: allá tenía el apoyo incondicional de Tristán Iturralde, y su hermana, Teresa Iturralde, a menudo pasaba a ayudarla con sus pequeños tesoros. Además, su trabajo solía ser desde casa, así que la idea de contratar ayuda no le parecía necesaria.
Ahora, de vuelta en el país, las cosas eran completamente distintas. Aunque su hermano Tomás y su mejor amiga Gema le daban una mano, el Grupo Blasco exigía mucha de su atención. Gema Serna, por su parte, era una actriz famosa con una agenda asfixiante, por lo que su tiempo disponible era escaso.
Su madre tenía que quedarse en el hospital cuidando a su padre, así que tampoco podía encargarse de los niños. Si quería mantener el equilibrio, encontrar una niñera de confianza era una urgencia.
—No fue ninguna molestia. Tessa y Tiago son adorables y sumamente inteligentes. Disfruté muchísimo jugar con ellos —respondió Pelayo.
Claro, lo habría disfrutado el doble si no hubiera perdido de forma tan humillante en cada maldito juego de mesa, pero, por supuesto, eso era algo que jamás admitiría frente a Talía.
Si ella se enteraba de que había sido aplastado en estrategia por dos niños de kínder, ¿qué pensaría de su nivel intelectual?
A todas las madres les gusta que elogien a sus hijos, y Talía no era la excepción. Al escuchar las dulces palabras de Pelayo sobre Tessa y Tiago, su sonrisa se iluminó de oreja a oreja.

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