—No te preocupes, estaré allí sin falta. Además, el vestido de gala que me pediste para tu madre ya está terminado. Mañana haré que alguien te lo entregue.
—¿Tan rápido?
Pelayo se sorprendió. Viendo lo ocupada que había estado Talía estos últimos días, llegó a pensar que se había olvidado por completo del vestido.
—Por supuesto. Si el mismísimo Señor Montero me hace un encargo, yo me quedo trabajando horas extras para cumplirle —respondió Talía, tratándolo con la confianza de una buena amiga.
Sin embargo, Pelayo malinterpretó el tono bromista. Pensó que Talía le había dado prioridad absoluta a ese vestido solo porque él se lo había pedido.
Sintió como si hubiera probado miel pura; el corazón le latía con un dulzor inmenso. Se quedó parado ahí hasta que Talía y los niños desaparecieron por completo en el edificio, incapaz de apartar la vista.
Pelayo se marchó más que satisfecho. En medio de la oscuridad de la calle, nadie se percató de que había un Bentley negro estacionado cerca del Residencial Altavista. En su interior, un hombre con una venda blanca en la frente lo observaba todo. ¿Quién más podría ser sino Luciano Lara?
***
Esa misma noche, cuando Talía estaba a punto de dormir, su celular comenzó a vibrar. Al ver que era Luciano, dudó un segundo antes de contestar.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—¡Tengo hambre! —respondió Luciano, con una voz profunda y cargada de un victimismo infantil.
—Pues come. ¿Para qué me llamas a mí?
Ella no era su madre para tener que prepararle la cena. Y aunque lo fuera, ¡ni siquiera sabía cocinar!
—¡Me duele la garganta, no puedo comer cualquier cosa! —Se escuchó aún más ofendido. ¿Acaso esta mujer había olvidado que su garganta seguía quemada? ¿Olvidaba que además tenía una herida abierta en la cabeza? ¡Qué poca empatía!
Talía parpadeó adormilada. Era cierto, se le había olvidado que él no podía ingerir alimentos calientes por las quemaduras.
—Entonces tómate un vaso de leche para engañar al estómago, o pide algo de comida fría.

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