—Ya te lo dije, con esa cara de amargado seguro que nadie quiere vivir contigo. No como el Tío Pelayo, él es tan amable, y hasta tiene una sonrisa bonita. A mi hermana y a mí nos encanta. Ojalá viviera en nuestra casa para siempre, nos llevara a la escuela todos los días y nos comprara cosas ricas.
—¡Ni lo pienses! —lo interrumpió Luciano Lara de tajo.
—¿Y por qué no?
Tiago ladeó la cabeza y miró a Luciano con el ceño fruncido, exigiéndole una explicación.
—¡Dije que no y punto!
«¿Pelayo viviendo con ellos? ¿Qué clase de locura es esa? Jamás lo permitiré», pensó Luciano.
—Tú no eres nadie para nosotros, ¿por qué tendríamos que hacerte caso? —Tiago soltó un bufido arrogante, ignorando por completo la autoridad de Luciano.
El niño estaba decidido a darle una lección a ese padre canalla. ¿Quién le mandaba ser tan mandón y prepotente? Se lo tenía bien merecido.
—Pelayo Montero también es un extraño para ustedes, no tienen ningún vínculo con él. Por lo tanto, no puede vivir en su casa.
«¡Estos chiquillos son una pesadilla!», pensó Luciano, exasperado. Pelayo apenas les había dado un par de dulces y ya lo adoraban. ¿Acaso Talía también se dejaría engatusar por ese donjuán de pacotilla?
No, tenía que evitarlo a toda costa.
—Pues es muy fácil, que el Tío Pelayo se case con mamá y se mude con nosotros. Así seríamos una familia.
Tessa intervino en el momento justo, con una sonrisa radiante, como si acabara de descubrir la solución perfecta.
Sin embargo, esas palabras casi le provocan un infarto a Luciano.
¿De dónde sacaban tantas locuras estos niños? ¿Que Pelayo se mudara con ellos? ¿Con quién iba a casarse sino con Talía?
Ni muerto iba a permitir algo semejante.
En su interior, Luciano maldijo la astucia de Pelayo Montero. ¡Qué bajo había caído al usar a dos niños pequeños para conquistar a Talía!


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