«¿Acaso heredó la inteligencia de su madre?», pensó Talía. Sus ojos parpadearon, ocultando un atisbo de nerviosismo. Sabía que Luciano no esperaba una respuesta real, así que fingió no haberlo escuchado.
—¿Cómo va la investigación sobre el robo de los bocetos? —Talía cambió de tema abruptamente, sin querer que él siguiera analizando a Tessa y Tiago.
—¿Cuál es la prisa? ¡Primero vamos a desayunar!
Luciano pisó el acelerador y el auto salió a toda velocidad.
Llevaba todo el día anterior sin comer y esta mujer ni siquiera se preocupaba un poco por él. Aunque no lo demostró en su rostro, en el fondo sintió una punzada de decepción.
Talía pareció darse cuenta de su actitud, pero desvió la mirada, evitando el contacto visual.
***
Luciano llevó a Talía a un restaurante muy exclusivo. A esa hora de la mañana casi no había clientes, así que la condujo directamente a un reservado privado.
Al ver la mesa repleta de diferentes opciones para desayunar, Talía se quedó un poco sorprendida.
¿En qué momento había ordenado todo eso?
—Como sabía que una mujer como tú jamás se preocuparía por mí, tuve que pedir la comida yo mismo. ¡Si no te gusta, te aguantas! —soltó Luciano, con una mezcla de arrogancia y resentimiento al notar la sorpresa en el rostro de Talía.
Durante el desayuno, Luciano le fue acercando discretamente los platillos que Talía miraba con más interés, mientras él se limitaba a tomar cucharadas de una sopa fría, comiendo muy despacio.
No le quedaba de otra. Aún tenía la lengua quemada, por lo que no podía comer nada caliente ni sólido.
Aunque intentó disimular, Talía se dio cuenta de inmediato.
—Yo ya había desayunado, ¡no puedo comer tanto! —murmuró Talía, sintiéndose un poco abrumada por la cantidad de comida. Sus ojos eran más grandes que su estómago.
—¿Ya habías desayunado? Entonces, ¿por qué esos dos diablillos venían muertos de hambre?

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