Por fin había encontrado algo que le gustaba, algo que lucía increíblemente hermoso en Talía. No iba a permitir que otro hombre se lo arrebatara en sus narices.
¡En ese momento maldecía a su abuela por haber donado el Diamante Estrella Rosa para una subasta! ¡Qué dolor de cabeza!
—¡Ciento cincuenta millones de pesos! —anunció Pelayo alzando su paleta, con voz potente y firme.
Pero apenas terminó de hablar, la voz fría y relajada de Luciano volvió a resonar.
—¡Doscientos millones!
—¡Doscientos cincuenta millones!
—¡Trescientos millones!
Las voces de Pelayo y Luciano se alternaban, anulando al resto de los presentes y reduciéndolos a simples espectadores.
Los que antes habían pensado en pujar ahora estaban mudos del asombro.
Tres... ¡Trescientos millones de pesos!
Con ese dinero podrían comprar montañas de oro y joyas. ¡Aparte de ellos dos, nadie en su sano juicio pagaría esa cifra por un solo collar!
—Luciano, ¿lo estás haciendo a propósito para fastidiarme? Ya dije que quiero regalarle ese diamante a la mujer que me gusta. ¿No puedes simplemente hacerte a un lado?
Pelayo se puso de pie de golpe, mirando a Luciano con evidente irritación.
¿La mujer que le gusta?
Luciano captó esas palabras y su mirada viajó, casi de forma involuntaria, hacia Talía. Al ver que ella seguía con la cabeza gacha, ignorándolo por completo, una molestia inexplicable lo invadió.
¿Acaso esa «mujer que le gusta» era Talía?
¡Qué bien, excelente!
—Lo siento, señor Montero, pero yo también quiero comprárselo a la mujer que me gusta. Me temo que no podré cedértelo. Así que o superas mi oferta... o te callas.
El tono de Luciano era bajo, gélido y monótono, imposible de descifrar si estaba furioso o simplemente siendo sarcástico.

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