Jovita solo quería herirla para que se largara de una vez. Así, aunque Luciano bajara, ya no tendría que preocuparse.
Sin embargo, Talía vio a través de sus intenciones con total claridad.
Lo que más sorprendía a Talía era ver cómo Jovita, que en el pasado aparentaba ser una mujer pura, refinada y elegante, ahora se había transformado en alguien tan repulsivo y lleno de odio. ¡Definitivamente el matrimonio volvía loca a la gente y la hacía espantosa!
Ahora, sus roles se habían invertido por completo. Jovita vivía paranoica de que alguien le robara a Luciano, mostrando las garras a cualquiera por miedo a perderlo.
Mientras tanto, Talía observaba la escena con total tranquilidad. Ver a Jovita haciendo un berrinche frente a ella solo la hacía sentir como si estuviera viendo a un payaso en un circo.
¿Acaso hace cinco años Jovita la había visto de esta misma manera?
Solo que ahora, las cartas habían cambiado.
De repente, Talía perdió el interés de seguir lidiando con ella. Una pelea así carecía de sentido.
Se quedó ahí, dejando que Jovita le gritara y la insultara, sin mover un solo músculo. Parecía que los insultos ni siquiera iban dirigidos a ella.
Justo en ese momento, varias personas salieron de los elevadores a lo lejos. El hombre que iba al frente no era otro que el mismísimo Luciano Lara, con quien acababa de hablar por teléfono.
—¿Qué está pasando aquí? —Luciano barrió el área con la mirada hasta que sus ojos se clavaron en Talía.
Ella, con total indiferencia, se acomodó el cabello sobre los hombros y señaló a Jovita con un gesto de la cabeza.
—Mejor pregúntale a ella.
Ese era un problema interno de la empresa, a ella no le incumbía.

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