En ese momento, Talía no tenía idea de que los hackers que tanto deseaba conocer eran nada menos que sus dos pequeños soles.
—¿Qué hacen? —Una voz profunda resonó de repente junto a su oído, interrumpiendo la animada charla entre Talía y el programador.
—Pre… presidente Lara… —tartamudeó el chico, tan asustado al ver a Luciano que casi se muerde la lengua.
—¿Ya resolvieron el problema?
Luciano se había alejado apenas un momento para dar unas instrucciones. Cuando regresó, encontró a Talía murmurando con un empleado, riendo con una luz en el rostro que no le había dedicado ni una sola vez en estos últimos cinco años.
Tenía que admitir que verla así le revolvió algo por dentro, y el enojo se reflejó en la mirada sombría que le lanzó al programador.
—No… ya casi… ya casi está.
Al ver que el rostro de Luciano se oscurecía aún más con el «no», el programador se apresuró a corregirse.
—Si no está resuelto, ¿qué haces aquí parado? —preguntó Luciano con frialdad, perforándolo con la mirada.
El chico no necesitó que se lo repitieran; salió corriendo como si el diablo lo persiguiera.
«¡Dios mío!», pensó el programador. «Siempre pensé que el jefe era frío y distante, ¡pero hoy parece que va a escupir fuego! Seguro es por culpa de la foto de la basura».
¡Sin duda era eso!
—Jajaja…
Una vez que el empleado se fue y quedaron solos, Talía sacó su propio celular y, al ver que la página de la empresa seguía igual, se rio sin el menor disimulo.
—¿De qué te ríes? —preguntó Luciano. El empleado ya se había ido, ¿por qué esta mujer seguía sonriendo como boba?
—¿A quién hiciste enojar para que te odien tanto?
Talía levantó el teléfono para mostrarle, revelando la gloriosa página hackeada.
El rostro de Luciano se ensombreció por completo. Sin embargo, al ver la sonrisa abierta y sincera de Talía, la furia que hervía en su pecho pareció disiparse misteriosamente.

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