Al ver a sus dos pequeños colarse en su cama, el humor de Talía se iluminó de inmediato.
—¿Qué hacen despiertos a esta hora, mis amores?
—Vimos que tu luz seguía prendida, preciosidad. Pensamos que debías tener frío durmiendo solita, así que vinimos a ser tus estufitas esta noche.
La vocecita de Tessa sonaba dulce y melosa, era música para los oídos.
Tiago, por su parte, solo asintió sin decir palabra.
Desde que les habían dado su propia habitación, no habían dormido con su mamá en mucho tiempo, y la verdad es que lo extrañaban.
—Qué maravilla, con estos dos pequeños soles a mi lado, esta noche seré la mujer más feliz del mundo.
Talía abrazó a un niño con cada brazo. Tener a esos pedacitos de su alma tan cerca hizo que su corazón rebosara de paz, y el incidente con Luciano quedó por fin enterrado en el olvido.
***
A la mañana siguiente, Talía se dispuso a llevar a los niños al jardín de niños. Apenas puso un pie fuera del edificio, se encontró con Pelayo Montero, vestido con un impecable traje blanco a la medida.
Talía se sorprendió un poco. ¿A qué hora había llegado? El cabello de Pelayo estaba ligeramente húmedo por el rocío matinal, lo que indicaba que llevaba bastante tiempo esperando.
—¿Qué haces aquí?
—Nada, solo quería charlar un rato —respondió Pelayo con una sonrisa cálida.
Su mirada se posó en los niños. Talía sostenía a un niño y a una niña, uno en cada mano. Ambos eran increíblemente parecidos, con facciones tan perfectas que parecían de porcelana. Eran simplemente adorables.
¿Así que estos eran los hijos de Talía? Realmente ya era madre de dos.

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