Estaba agradecida de que la hubiera salvado, y entendía que le hubiera quitado la ropa mojada para evitar que empeorara, después de todo, anoche hasta él mismo había sentido que ella ardía en fiebre.
Sin embargo, el hecho de que Luciano la hubiera visto desnuda, especialmente ahora que estaban divorciados, la hacía sentir profundamente incómoda.
—Cuánta palabrería. Tómate la medicina rápido y ve a lavarte la cara, tsk, tsk... te ves espantosa.
Luciano se sintió como si lo hubieran atrapado infraganti. Sin saber qué responder y sin atreverse a sostenerle la mirada, le metió un vaso de agua tibia y unas pastillas para el resfriado en las manos, haciendo una mueca de fingido disgusto.
Dicho esto, se dio la vuelta y salió casi huyendo de la habitación.
Talía se quedó mirando las pastillas en sus manos, pero en su mente resonaba la última palabra que él había dicho.
«¿Espantosa?»
¿Ella?
De pronto, recordó algo. Saltó de la cama a toda prisa y, sin siquiera detenerse a ponerse los zapatos, corrió hacia el baño.
Al mirarse en el espejo, vio dos enormes círculos negros alrededor de sus ojos, líneas de delineador que corrían por sus mejillas como lágrimas oscuras y todo el contorno de su boca manchado de labial rojo.
—¡Ahhh!
Un grito de horror resonó por toda la Villa Serena, tan fuerte que abajo en el comedor, Benigno Vega casi se ahoga con el sorbo de café que acababa de dar.
—Cof, cof... ¿Qué le pasó?
Benigno logró calmar su tos a duras penas y miró con extrañeza a Luciano, que venía bajando las escaleras.
Luciano solo sonrió, sin responder.
Pero fue precisamente esa sonrisa la que dejó a Benigno con la boca abierta.
—Tú... acabas de... ¿acabas de sonreír?

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