«Qué mujerón... ¡qué belleza!»
Con razón Luciano no la había podido olvidar en cinco años. ¿Quién en su sano juicio olvidaría a una mujer así?
No podía entender cómo diablos Luciano había dejado ir a semejante joya para quedarse con una mosca muerta como Jovita.
¡Tenía que haber estado ciego!
Benigno giró la cabeza para mirar a su amigo, que también estaba paralizado en su sitio. Negó con la cabeza, dedicándole una mirada cargada de desprecio.
Pero a Luciano le importaba un comino lo que estuviera pensando Benigno. Sus profundos ojos estaban clavados en Talía, incapaces de apartar la vista.
Ella caminó despacio hacia ellos y arqueó una ceja.
—Señor Lara, ¿acaso los secadores de cabello están extintos en su casa?
Había registrado toda la habitación y no encontró ni uno solo, por lo que no tuvo más remedio que salir con el cabello escurriendo agua. Era desesperante.
—¿Eh?
Luciano parpadeó, volviendo a la realidad, sin entender bien qué quería decir.
Talía rodó los ojos, levantó un mechón empapado y se lo mostró.
—Señor Lara, ¿podría prestarme un secador? Y si no es mucha molestia, una toalla limpia. Gracias.
—¡Jajaja! —Benigno estalló en carcajadas, incapaz de contenerse—. ¿Están extintos? Jajaja... Ay, niña, ¿por qué eres tan graciosa? Me vas a matar de risa.
Tanto Luciano como Talía lo miraron con cara de incomprensión. El hombre reía como un completo idiota.
¿De verdad era tan gracioso?
—¿Quién es él? —preguntó ella, lanzándole una mirada a Luciano que claramente decía: «¿De qué circo sacaste a este payaso?».
—Nadie importante, no le hagas caso.

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