Al escuchar que estaba a salvo, el alma de Tomás regresó a su cuerpo.
—¿Dónde están? Voy a buscarla.
Tomás nunca había aprobado que su hermana mantuviera contacto con Luciano. Después de enterarse de que quien la había encerrado en el baño era Jovita, culpaba de todo, absoluta y directamente, al mismísimo Luciano Lara.
Si él no hubiera sido un mujeriego irresponsable provocando problemas, Talía nunca habría tenido que pasar por todo ese sufrimiento.
—No es necesario, yo la llevaré.
El tono frío y hostil de Tomás hizo que Luciano frunciera el ceño. Él era el presidente del Corporativo Lara; él era quien le hacía desplantes a la gente, no al revés.
Si no fuera porque hablaba con el hermano de Talía, ya le habría colgado.
—No hace falta. Escucha, Luciano, Talía ya se divorció de ti y no quiere tener nada que ver contigo. Nuestra familia tampoco lo desea. Por el bien de todos, te exijo que dejes de buscarla. Talía aún es joven; todos queremos que tenga un nuevo futuro, una nueva familia, y tú no tienes lugar en su vida...
Tomás ignoraba los motivos exactos de Jovita para atacar a su hermana esta vez, pero estaba seguro de que el nombre de Luciano estaba metido en el asunto.
Por eso, no le agradecía en lo absoluto que la hubiera rescatado; todo era culpa de él en primer lugar. Si a Talía le hubiera pasado algo grave, jamás se lo habría perdonado a ese desgraciado ni a esa mujer.
Sin embargo, esas palabras provocaron que el apuesto rostro de Luciano se endureciera, y el ambiente en la habitación pareció congelarse de golpe.
Antes de escuchar más, Luciano cortó la llamada y sus ojos destilaron un peligro sombrío.
¿Un nuevo futuro?
¿Una nueva familia?
¿Acaso se refería a Pelayo Montero?
¡Ni en sus peores pesadillas!
Justo entonces, Talía salió del baño, ya vestida, y se topó con la expresión asesina del hombre, quien parecía perdido en sus oscuros pensamientos.

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