Alto Mando Militar.
Leonardo Rojas colgó el teléfono, se acercó a Gael Carballo y, con mucha cortesía, le encendió el cigarrillo.
Gael lo miró de reojo.
—Tanta amabilidad de la nada... ¿Qué favor me vas a pedir?
Tras encender el cigarro, Leonardo dio un paso atrás y dijo:
—Hoy Nere fue a probarse los vestidos para nuestra fiesta de compromiso.
—¿Ah, sí? —Gael levantó una ceja, sorprendido—. Pensé que se iban a casar directamente.
Leonardo soltó una risita.
—Ganas no me faltan, pero uno solo se casa una vez. Quiero que todo sea perfecto, que no falte ni un solo detalle de la ceremonia; de lo contrario, en el futuro podríamos arrepentirnos.
Gael asintió y lo miró con ironía.
—Con razón estás tan distraído. ¿Ya te quieres ir?
—Mientras Nere se probaba los vestidos, se cruzó con Ricardo Villarreal.
—¿Ese infeliz? —Era evidente que Gael también conocía a Ricardo y estaba al tanto de su reputación.
—Le faltó al respeto a Nere con sus comentarios, así que ella le dio una bofetada.
—¡Ese bueno para nada nunca va a cambiar!
Leonardo chasqueó la lengua.
—Señor Carballo, ¿podría usar otra expresión? Mi Nere merece palabras mucho más bonitas.
Gael se dio cuenta de su error y corrigió su insulto:
—¡Ese sapo asqueroso queriendo comer carne de cisne! No sé cómo Don Augusto Villarreal crió a su hijo; con esa actitud, hasta los perros lo detestan.
Tras desahogarse, Gael preguntó:
—¿Hay video de lo que pasó? Mándamelo.
Y su estúpido hijo se había atrevido a acosarla.
Con razón Leonardo estaba ahí y con razón Gael lo había mandado llamar.
—Augusto —empezó Gael con tono severo—, el matrimonio de Leonardo y la señorita Galarza ya fue aprobado por los altos mandos. Prácticamente, ella ya es la esposa de un oficial. Y aunque dejáramos de lado ese título, sigue siendo una científica de nivel nacional, alguien que ha hecho grandes contribuciones al país.
—Mira y escucha las estupideces que soltó tu hijo. ¿Eso te parece propio de una persona decente? Denunciarlo por acoso sexual no sería ninguna exageración. Que Nerea le haya dado una bofetada es poco. Si hubiera sido alguien con un carácter más fuerte, lo habrían dejado estéril ahí mismo.
Augusto asentía sin parar.
—Sí, sí, es culpa mía por no saber criarlo. A ese infeliz hay que ponerlo en cintura, nunca hace nada de provecho. La señorita Galarza hizo muy bien en golpearlo. Y aunque no lo hubiera hecho, de todos modos iba a darle una paliza en cuanto llegara a casa.
Gael le habló con un tono profundo y reflexivo:
—Augusto, aparte del trabajo, no podemos descuidar la educación de nuestros hijos. Mírate a ti: toda una vida de sacrificio desinteresado por el país. Estás a punto de jubilarte con honores; no permitas que tus descendientes manchen el prestigio que tanto te costó construir.
Augusto sabía que Gael le estaba lanzando una advertencia disfrazada de consejo y se apresuró a reafirmar su postura:
—Don Gael, Leonardo, quédense tranquilos. Apenas llegue a casa, me voy a encargar de educar a ese imbécil. Haré que le pida perdón a la señorita Galarza de rodillas si es necesario.

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