Como medida desesperada, Ricardo Villarreal no tuvo más remedio que marcharse con sus guardaespaldas, pero antes de irse, le lanzó una última mirada cargada de resentimiento a Nerea Galarza.
A Doña Salomé se le esfumó por completo el buen humor que tanto le había costado recuperar, todo por culpa de Cristina Sandoval y Ricardo.
—Nere, mejor venimos a probarte los vestidos otro día, la abuela ya está un poco cansada.
—Creo que no hace falta probarme más, los primeros me quedaron perfectos.
—Lo siento mucho, mi niña —Doña Salomé la miró con una mezcla de cansancio y culpa, y le explicó—: Ese Ricardo Villarreal es el tipo con el que se enredó Cristina.
Por la actitud que Kevin Rojas y Doña Salomé mostraron hacia Ricardo, Nerea ya se lo había imaginado.
Doña Salomé siempre era amable con los más jóvenes; jamás levantaría la voz ni perdería la compostura, pues eso iría contra su estatus. Las únicas excepciones eran Cristina y, por supuesto, Ricardo Villarreal.
—Entonces la próxima vez que lo vea, le voy a pegar más fuerte. Hace un rato se la dejé muy barata.
Doña Salomé la miró con preocupación.
—¿Y no te duele la mano?
Nerea negó con la cabeza.
—No me duele nada.
...
Ricardo fue al hospital a hacerse un chequeo y pedir un reporte de lesiones.
Diagnóstico: sordera temporal, náuseas, vómitos y una leve conmoción cerebral.
Con el rostro enrojecido e hinchado, Cristina le estaba aplicando medicina.
Ricardo soltó un quejido de dolor y le dio un manotazo en la cabeza que la mandó de sentón al suelo.
—¡Qué te pasa! ¡¿Acaso quieres matarme del dolor?!
—No fue mi intención, mi amor, perdóname, lo haré más suave... —Cristina lo miró con el rostro bañado en lágrimas, luciendo frágil.
Cuando un hombre te ama, esa expresión de vulnerabilidad le rompe el corazón.
Pero cuando no te ama...
—¡Ya vas a empezar a llorar! ¡Solo sabes llorar, me estás salando la vida con tantas lágrimas! ¡Trágatelas, me tienes harto! —le gritó Ricardo con el rostro torcido de asco.
Cristina bajó la cabeza y se limpió las lágrimas.
—¡Perdóname, mi amor!
—Mi amor, si ya lo sabes, entonces no te enojes conmigo, ¿sí? —Cristina intentó acercarse de nuevo.
—¡Te dije que te largues! —Ricardo levantó el pie y le dio una patada sin ninguna contemplación.
—¡Ah! —gritó Cristina por el dolor, cayendo al suelo.
Justo en ese momento, una mujer deslumbrante entró en la habitación caminando sobre unos altos tacones y se arrojó a los brazos de Ricardo.
—Mi amor, me enteré de que te lastimaron. Me duele el alma verte así.
Ricardo rodeó a Elena Montes con el brazo, dejando que ella le soplara el rostro y le aplicara la medicina con delicadeza.
Al ver esa escena, el rostro de Cristina se deformó por la ira. Se levantó del suelo y se abalanzó para jalonear a la recién llegada.
—¡Maldita zorra! ¡No te basta con ser la amante, sino que tienes el descaro de venir a restregármelo en la cara! ¡Lárgate de aquí!
—¡Ay, mi amor! ¡Me lastima! —se quejó Elena con voz exagerada y melosa.
Ricardo le dio una bofetada a Cristina y le advirtió con furia:
—¡Qué demonios te pasa, loca! ¡Lárgate a la casa a reflexionar! Y escúchame bien: a partir de ahora, tienes prohibido salir a hacer el ridículo sin mi permiso.

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