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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 1007

Apenas Nerea bajó del avión, recibió una llamada de Leonardo.

La estaba esperando en la salida.

Alto y con piernas largas, Leonardo destacaba fácilmente entre la multitud.

De manera muy natural, le quitó el bolso a Nerea y le entregó un café caliente.

—Vi en internet que el café de este lugar es muy bueno. Como llegué temprano, te compré uno. Pruébalo.

Nerea asintió y, mientras abría la pajilla, le preguntó:

—¿Ya cenaste?

—Todavía no. Te estaba esperando. Ya reservé mesa en un restaurante.

Al salir del aeropuerto, una ráfaga de aire helado los envolvió.

La primavera en Puerto Rosales tardaba más en llegar que en el sur, y aunque ya era finales de febrero, el clima seguía siendo frío.

Leonardo le colocó la bufanda que había traído en el cuello.

—En la tarde bajó la temperatura.

Nerea dejó que la abrigara y le acercó la pajilla del café a los labios.

—Está muy rico, pruébalo.

Leonardo dio un sorbo; tenía un intenso sabor y un toque frutal, dulce pero no empalagoso.

—¡Sí, está bueno! Se nota que la recomendación de internet no falló.

—¿En qué restaurante reservaste?

—En el que mencionaste ayer.

El día anterior, Rocío le había mandado un mensaje diciéndole que pronto viajaría a Puerto Rosales a grabar un programa en un restaurante específico.

Antes de aceptar el proyecto, Rocío fue a inspeccionarlo y le gustó tanto el ambiente como la comida.

Nerea se lo había comentado a Leonardo por casualidad, y él se acordó.

Mientras estaban en el restaurante, se toparon con Ricardo Villarreal.

Ricardo iba acompañado de una mujer deslumbrante en actitud muy cariñosa.

Al ver a Nerea y a Leonardo, Ricardo se tensó por un segundo e intentó hacerse el desentendido, pero Leonardo lo llamó.

—Ricardo.

A Ricardo no le quedó más remedio que voltear a verlo.

—Leonardo, ¿qué quieres?

Pedir disculpas frente a toda la clientela del restaurante era algo que Ricardo jamás haría.

Él, el heredero de la familia Villarreal en Puerto Rosales, ¿cómo iba a humillarse así?

Además, ¡ya lo habían golpeado! Exigir una disculpa pública era pasarse de la raya.

—¡Leonardo, no te pases de listo!

—¿Quieres que llame a tu papá? —Leonardo sacó su teléfono y miró de reojo a la mujer que Ricardo tenía abrazada por la cintura—. Por cierto, si no me equivoco, tu esposa es Cristina Sandoval. ¿Esta mujer es tu amante?

La expresión de Elena Montes cambió.

—¿Qué te pasa? ¿Cómo te atreves a hablarme así?

—Señora, sin ánimo de ofender, solo digo la verdad. ¿Acaso no sabía que está casado? —Leonardo levantó una ceja—. Lo supiera o no, con lo que está haciendo, se acaba de convertir en la amante que destruye un matrimonio.

Al escuchar la palabra "amante", los clientes que pasaban por allí no pudieron evitar mirar.

Creyendo que alguien había sido atrapado in fraganti, muchos curiosos clavaron la vista en ellos, y algunos incluso empezaron a grabar con sus celulares a escondidas.

Ricardo apartó la mano con rabia.

—Leonardo, ¡¿qué demonios quieres?!

—Ricardo, ¿no hablo claro o es que no entiendes español? ¡Te dije que le pidas disculpas a mi esposa! Y en cuanto a...

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