Entre los invitados estaban no solo los millonarios de Puerto San Martín, sino también la familia Encinas de Puerto Rosales y la familia Valente y la familia Zhao de Rosarito.
Por esa razón, la familia Galarza había rentado el hotel completo para alojar a sus amistades.
Al llamar al número de Emilia, el teléfono daba tono pero nadie contestaba.
Nerea lo intentó varias veces, hasta que finalmente rechazaron la llamada.
Leonardo opinó:
—Si pueden colgar, significa que no pasa nada malo. No te preocupes. Seguro se pasó de copas y está en un sueño profundo.
Nerea decidió no insistir para dejarla descansar.
Al día siguiente.
Un sol radiante le dio directo en la cara a Emilia. Ella frunció el ceño con incomodidad y sus pestañas temblaron levemente.
Abrió un poco los ojos y la luz le caló hondo. Había olvidado cerrar las cortinas.
Medio adormilada, levantó el brazo y notó unas evidentes marcas de moretones en su piel.
—¡Zeta, cierra las cortinas! —gritó al techo.
Tras unos segundos sin respuesta, volvió a gritar:
—¡Zeta, cierra las cortinas!
Seguía sin reaccionar. Emilia se preguntó si su asistente inteligente Zeta se había descompuesto.
—¡Zeta! —berreó a todo pulmón.
—Deja de gritar —le contestó una voz ronca, masculina y algo impaciente justo a su lado.
Emilia dio un salto. Despertó de golpe y se sentó en la cama.
Al moverse, soltó un quejido: un dolor sordo y agotador le recorría todo el cuerpo.
Pero no tuvo tiempo de pensar en ello, porque lo primero que vio fue el atractivo rostro de Samuel Aranda.
"¡¡¡!!!"
Su corazón latió desbocado.
Su mente se quedó en blanco.
¿Qué demonios pasaba?
¿Estaba soñando?
Emilia se pellizcó a sí misma y soltó un alarido de dolor real.
Samuel abrió los ojos y la miró como si estuviera loca.
Ella lo señaló con el dedo.
—Tú... ¿tú qué haces aquí?
Miró a su alrededor. El suelo iluminado por el sol estaba cubierto de ropa de hombre y de mujer, zapatos tirados por cualquier rincón.
Aunque no había tenido novio antes, había leído suficientes novelas románticas para sumar dos más dos.
La única conclusión era que... ¡¿Se había acostado con Samuel Aranda?!
¡Trágame tierra!
¿Cómo demonios habían terminado juntos en la cama?
Emilia se agarró la cabeza, intentando recordar por encima de su resaca, pero no lograba visualizar nada.
¿Había sido ella la que dio el primer paso?
No tenía idea.
Pero... no podía ser su culpa, ¿verdad?
Aunque Samuel era innegablemente guapo, ella no era el tipo de persona que comiera donde trabajaba.
Aunque él fuera un hombre sumamente apetecible.
Samuel observaba sus múltiples cambios de expresión, con curiosidad de saber qué pasaba por su cabeza.
—Emilia.
—¿Qué quieres? —Ella abrió los ojos como platos, a la defensiva y soltó de inmediato—: Ni se te ocurra pedir que me haga responsable de esto. No lo haré. Así es, soy una mujer desalmada que consigue lo que quiere y luego se olvida de ti.
Mientras hablaba, recogió su ropa del suelo e intentó vestirse, solo para darse cuenta de que la tela estaba rasgada.
Furiosa, le reclamó:
—¿Acaso eres un animal salvaje? ¿No podías ser más delicado? Mi ropa está rota. ¿Qué me voy a poner ahora para salir?
—Mira la mía —señaló Samuel su propia camisa destrozada en el piso.
Emilia asintió complacida. Al ver que él también estaba igual, su ego se sintió recompensado.
Tomó una bata blanca del hotel, se envolvió en ella y le dijo a Samuel:
—¿Podrías pedirle a tu asistente que nos traiga algo?
Samuel entendió la indirecta. Tomó su celular moribundo y le marcó a su asistente Eva para pedir ropa limpia.
—Samuel —le susurró Emilia desde lejos, gesticulando y señalándose a sí misma para que no la olvidara.
Al verla, Samuel añadió:
—Y trae un conjunto de ropa para mujer también.
¿Ropa de mujer?
¿Acaso el señor Aranda había pasado la noche con alguien?
Del otro lado, la asistente casi dejó caer el teléfono del asombro, pero, como profesional, procedió a preguntar por las medidas.
Samuel miró a Emilia:
—¿Qué talla eres?

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio