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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 1017

Pronto, Eva trajo la ropa. Samuel fue quien abrió la puerta.

Llevaba puesta la bata blanca del hotel. Aunque se cuidó de ajustar el cuello lo más posible, las marcas de mordidas en su pecho eran evidentes.

La asistente las notó de inmediato, pero fingió no ver nada y desvió la mirada. En su mente pensaba: 'Vaya, qué novia tan fiera tiene el señor Aranda. Con razón mandó pedir ropa nueva'.

Samuel tomó las bolsas de las compras.

—Gracias. Ya sabes cómo manejar esto.

—No se preocupe, señor Aranda. Tengo ética profesional, seré una tumba —respondió Eva con rapidez.

Samuel asintió y cerró la puerta.

Emilia estaba sentada comiendo el desayuno que había pedido al hotel. Samuel le dejó la ropa a un lado y dijo:

—Me ducharé primero.

Emilia asintió. Cuando terminó de comer tranquilamente, Samuel ya había salido, luciendo su habitual apariencia de empresario impecable.

—Sobre lo de anoche... —Samuel la miró fijamente y preguntó—: ¿Cómo quieres resolverlo? Si quieres que nos casemos, no tengo problema.

Samuel Aranda tenía principios. No era de esos canallas que se aprovechaban de una mujer y huían.

Si Emilia le pedía que asumiera la responsabilidad, él iría hoy mismo a hablar con su madre sobre la boda.

Emilia no dijo nada. Empezó a rebuscar en su bolso.

Hoy en día todo el mundo pagaba con transferencias, casi nadie llevaba billetes.

Tras escarbar, sacó ocho mil ochocientos pesos exactos. Era el dinero en efectivo que Martina le había dado en su sobrecito de dama de honor.

Se lo plantó a Samuel en el pecho y declaró:

—No quiero que te hagas responsable, y mucho menos casarme. Estamos a mano. Cuando crucemos esta puerta, lo de anoche nunca pasó y no se lo dices a nadie.

Samuel observó el montón de billetes, totalmente atónito, hasta que soltó una risa sarcástica.

Agarró el dinero, entrecerró los ojos y, con una sonrisa tan cautivadora como peligrosa, le dijo:

—Emilia, con este rostro, si trabajara de gigoló, mi tarifa sería de al menos cien mil pesos. ¿Ocho mil ochocientos? ¿Me estás ofendiendo?

Emilia chasqueó la lengua.

—Es que no tengo más efectivo, y mi celular está sin batería. Hagamos un trato, cuando lo cargue te transfiero los cien mil pesos. No es para tanto. Eres un director general exitoso, ¿por qué te pones en plan avaro?

Samuel: "..."

¿Acaso se trataba del dinero?

Estaba haciéndolo sentir como un cualquiera.

De verdad, los comentarios de Emilia sacaban de quicio a cualquiera, a pesar de lo buena que había sido besándola la noche anterior.

Al pensar en eso, Samuel se quedó de piedra.

Un escalofrío le recorrió la espalda. ¿En qué demonios estaba pensando?

Por suerte Emilia no podía leerle la mente. Si supiera lo que pensaba, le habría soltado un par de bofetadas.

¡Todavía que se atrevía a sentir asco de ella!

¡Ella tampoco estaba interesada en él!

Emilia sentenció:

—Trato hecho. A mano. Ninguno le debe nada al otro. Haremos como si nunca hubiera pasado. ¡Olvídate de esto! ¿De acuerdo?

Samuel respetaba la decisión de las mujeres, pero insistió una última vez:

—¿Estás completamente segura de que no quieres que asuma mi responsabilidad?

Emilia respondió con absoluta firmeza:

—Total y definitivamente segura. No hace falta, gracias. ¡Soy muy feliz disfrutando de mi soltería!

Al ver su determinación, Samuel asintió.

—Bien. Entendido. Que así sea.

Cuando Samuel se marchó, Emilia entró al baño. Al ver las sugerentes marcas en su cuerpo, chasqueó la lengua.

Se duchó, se puso la ropa nueva y salió del hotel.

Al llegar a casa y cargar el celular, vio la llamada de Nerea y le regresó la comunicación.

Nerea le preguntó si se sentía mal.

Claro que se sentía mal.

Ese bruto de Samuel Aranda la había devorado entera. Le dolía la cadera, las piernas y las rodillas. Todo le dolía.

Pero sabía que Nerea en realidad le preguntaba sobre su resaca.

Acostada en la cama, le contestó riendo:

—Ya se me pasó, no te preocupes.

—¿Por qué tienes la voz tan ronca? —preguntó Nerea.

Seguramente porque la noche anterior...

En realidad, tras ducharse y comer algo, su mente se fue aclarando y recordó fragmentos de lo sucedido. Y vaya que había sido un encuentro candente.

Samuel no se había guardado nada, pero ella tampoco se había quedado de brazos cruzados.

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