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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 1018

Emilia frenó sus pensamientos de golpe y dijo:

—Me acabo de levantar, tengo la garganta un poco seca.

Nerea le aconsejó:

—Toma algo caliente y ve a desayunar bien.

—Sí, sí, ya sé. No soy una niña —asintió Emilia.

Conversaron un rato más y cortaron la llamada.

Nerea aún tenía que acompañar a los invitados que seguían en Puerto San Martín.

Luego de eso, debía enfocarse en los preparativos de su propia boda, programada para el seis de junio.

El tiempo pasó volando, y en un abrir y cerrar de ojos llegaron al primer día de junio.

Temprano por la mañana, Leonardo y Nerea estaban en la fila del Registro Civil.

El sol calentaba bastante. A Leonardo no le importaba porque tenía la piel dura, pero le preocupaba que los rayos lastimaran el rostro de Nerea.

Señalando el interior del edificio, le propuso:

—Amor, ve a sentarte adentro. Yo me quedo en la fila por ti.

—No hace falta —Nerea negó con la cabeza—. Yo te acompaño.

La vez anterior que se casó, ella había tenido que hacer la fila sola.

En aquel entonces, sintió mucha envidia al ver a todas las demás parejas formadas juntas.

La verdad es que hacer la fila juntos para firmar el acta de matrimonio tenía su lado dulce.

Leonardo fue a comprar una sombrilla para taparle el sol.

—No soy tan delicada —rió Nerea.

Leonardo la tomó por la cintura.

—Amor, déjame consentirte.

Mientras charlaban, alguien conocido apareció frente a ellos.

Era Cristian Vega.

Al fijarse en sus atuendos de pareja, Cristian hizo una pausa y luego dijo:

—Están aquí... ¿por su acta de matrimonio?

Leonardo levantó una ceja, luciendo una sonrisa triunfante.

—Así es. ¿Qué lo trae por aquí, señor Vega?

Un nudo de amargura invadió el pecho de Cristian. No era un dolor mortal, pero ardía profundamente.

Intentando mantener la compostura, respondió:

—Vine a discutir un proyecto gubernamental aquí en el registro.

Eran proyectos de poco margen de ganancia, pero que no podían ignorarse.

Generalmente acudía personalmente por cortesía, y luego dejaba los detalles en manos de su equipo.

Tras una leve pausa, añadió:

—Felicidades.

Su mirada era tranquila y sincera.

—Muchas gracias —asintió Nerea con una sonrisa.

Leonardo sacó unos regalos que llevaba y le entregó un paquete a Cristian.

—Señor Vega, para que comparta nuestra alegría. Cuando celebremos la ceremonia, si su agenda se lo permite, nos gustaría que nos acompañara.

Cristian aceptó los detalles.

—Claro, si tengo tiempo con gusto iré a felicitarlos.

Sin prolongar el encuentro, se despidió y dio media vuelta.

En el instante en que les dio la espalda, su fachada de serenidad se hizo añicos.

Sus ojos se llenaron de un dolor solitario y abrumador.

Entró al edificio y fue recibido por el asistente del señor Leonel.

Ya en el ascensor, abrió uno de los dulces y repartió el resto entre los presentes.

Se llevó el dulce a la boca.

Dicen que los dulces de boda siempre son sabrosos, pero por alguna razón, este le supo extremadamente amargo.

Poco después llegó el turno de Nerea y Leonardo.

Al tomarse las fotos oficiales, juntaron sus cabezas, ambos radiantes de felicidad.

Mirando el acta de matrimonio recién impresa, los ojos de Leonardo reflejaban el alivio de un sueño cumplido.

—¿Ya la viste, mi amor? —le preguntó a Nerea.

Nerea asintió, y Leonardo se la quitó de inmediato de las manos.

—Entonces los papeles los guardaré yo. No tienes problema con eso, ¿verdad?

Su actitud denotaba un miedo latente a que Nerea se arrepintiera.

Nerea soltó una carcajada tierna y resignada.

—Está bien, guárdala tú.

Leonardo guardó el acta de matrimonio con recelo y comenzó a repartir los dulces.

Había llenado una bolsa entera desde la noche anterior.

Le dio dulces al oficial del registro, a las personas que hacían fila e incluso parecía dispuesto a regalárselos a los perritos de los transeúntes.

Nerea lo jaló para que salieran del edificio. Al pasar junto a una trabajadora de limpieza, Leonardo le entregó todo lo que le quedaba en las manos.

La mujer se lo agradeció emocionada:

—Muchas gracias. Que Dios los bendiga con un matrimonio hermoso y duradero.

Con una sonrisa gigantesca, Leonardo respondió:

—¡Así será, se lo aseguro!

Desde las alturas del edificio, Cristian Vega los observaba desde la ventana, con una taza de café en mano y la mirada ensombrecida...

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