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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 1033

Felipe solo vio que la ropa de Renata estaba desordenada, su lindo broche para el pelo a punto de caerse entre los mechones revueltos y sus brazos blanquecinos ligeramente enrojecidos.

Pero Patricia también estaba herida.

De hecho, estaba mucho peor: Renata le había mordido el brazo y le había arañado toda la cara.

Pero Felipe parecía ciego ante el hilo de sangre de su propia hija.

Solo sabía reclamarle a Patricia.

—¡Patricia, pídele perdón a tu hermana de inmediato! —exigió con frialdad.

—¡No lo haré! —Patricia lo desafió, con la mirada rebosante de odio—. Su madre es una descarada y ella es una simple bastarda.

¡Plaf!

Ciego de ira, Felipe le dio otra bofetada.

—¡Si vuelves a abrir la boca para decir esas estupideces, te vas a reflexionar al sótano!

—Papá, déjalo así —intervino Renata con voz suave, tras una señal discreta de Marisa. Jaló suavemente la manga de Felipe, fingiendo ser la niña más buena del mundo—. Todo es mi culpa por molestar a mi hermana. Sé que no lo hizo a propósito, yo la perdono.

Al fin y al cabo, Patricia solo tenía nueve años. Su mente no tenía la malicia de un adulto y, habiendo sido criada con tanto amor por Elena, no entendía ese tipo de manipulaciones e hipocresías.

Cayó redonda en la provocación y rugió furiosa: —¡Nadie te está pidiendo perdón!

—¡Eres una terca insoportable! —masculló Felipe.

—¡Que alguien venga y la encierre en el sótano!

Los empleados se acercaron. Patricia empezó a forcejear, lanzando patadas y golpes.

Los sirvientes solo hacían su trabajo; además, al verla tan pequeña, no tenían corazón para usar la fuerza contra ella.

Felipe perdió la paciencia, la agarró del cuello de la ropa y, a jalones, la arrastró brutalmente hacia el sótano.

El cuello de la ropa la ahorcaba. Su rostro ya inflamado se puso morado por la falta de aire, y hasta los ojos se le inyectaron de sangre.

Justo cuando sentía que se ahogaba, fue arrojada sin piedad al piso frío y húmedo del sótano.

Felipe la miró desde el umbral de la puerta con absoluta prepotencia: —Te quedas ahí a pensar en lo que hiciste. ¡No saldrás hasta que te disculpes!

Patricia no paraba de toser. Se apoyó en los brazos para incorporarse un poco y alzar la vista.

Capítulo 1033 1

Capítulo 1033 2

Capítulo 1033 3

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