Y claro que no fue porque a doña Beatriz le sobrara la compasión, sino porque Felipe ya se había operado para no tener más hijos, y la familia Quiles solo contaba con esas dos herederas.
Doña Beatriz solo estaba pensando en asegurar el linaje de la familia.
De lo contrario, Marisa y Renata jamás habrían puesto un pie en esa casa.
Si estaban viviendo allí, era obvio que doña Beatriz lo había aprobado.
Patricia voló en una fiebre de cuarenta grados. Fue gracias a los cuidados incesantes de Laura, la empleada de la casa, que por fin logró recuperarse.
Al abrir los ojos, Patricia miró confundida a su alrededor. Estaba en una habitación desconocida.
Laura soltó un largo suspiro y le explicó con suavidad: —Señorita, el señor decidió darle su recámara a la otra niña. A partir de ahora, este será su cuarto.
—¡¿Por qué?!
La pura rabia le provocó un ataque de tos: —¡Cof, cof, cof!
Con el corazón partido, Laura la ayudó a sentarse y le frotó la espalda con cariño: —El señor dijo que, como hermana mayor, no la cuidó y hasta la lastimó, así que perder su habitación era su castigo.
Las lágrimas comenzaron a caer sin freno por el rostro de Patricia.
Su antigua habitación tenía la mejor vista de la casa, la mejor luz del sol, y cada detalle, cada adorno, lo había escogido junto a su mamá.
Lo había perdido todo...
Laura tomó un pañuelo y, tratando de ser fuerte, le secó las lágrimas mientras intentaba consolarla torpemente: —No llore, mi niña. Es solo una recámara, que se la quede. A nosotros no nos hace falta, es como si le diera una limosna a un vagabundo. Cuando yo tenga un ratito libre, le voy a arreglar este cuarto y lo voy a dejar mucho más bonito que el de antes, ¿le parece?
Al sentir ese cariño sincero de Laura, Patricia no aguantó más y estalló en un llanto profundo.
Después de todo, solo era una niña de nueve años.
Y acababa de perder a su madre.
A Laura se le partía el alma.
No podía entender cómo el señor de la casa podía ser tan desalmado.
Incluso si ya no sentía amor por su difunta esposa, Patricia seguía siendo su propia sangre.
Laura le debía muchos favores a Elena, la mamá de Patricia. Al ver cómo el propio padre maltrataba así a la niña, no podía quedarse de brazos cruzados.
Así que había decidido cuidar de Patricia con todas sus fuerzas.
Entre la muerte de su madre y aquella terrible fiebre, Patricia había quedado en los huesos.


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