Apenas subió al auto, Patricia sacó un libro de su mochila y comenzó a estudiar con concentración.
Joaquín la miró, boquiabierto. —Oye, ¿no te pasas de intensa?
Sin levantar la vista, ella respondió: —Mi madre está muerta. Mi padre ya no me quiere. Solo me tengo a mí misma. Lo único que me queda es estudiar sin parar para convertirme rápidamente en alguien poderosa y con recursos.
Al mirarla, Joaquín sintió una punzada inesperada en el pecho.
En el pasado, Patricia era la única y verdadera princesa de la familia Quiles. Todos los días la vestían de manera espectacular. Usaba ropa de la última colección, llevaba peinados hermosos y en sus ojos siempre brillaba una luz como de estrellas.
Pero ahora, la temporada había cambiado y ella seguía usando la misma ropa del año pasado. Su cabello estaba peinado con esmero, pero ya no era tan bonito ni elaborado como antes.
Pensando en eso, Joaquín no pudo evitar preguntar: —¿Quién te peinó hoy?
—Yo misma. —Había practicado frente al espejo incontables veces hasta que por fin logró que no quedara torcido.
Antes, era su madre quien la peinaba todos los días con tanta dulzura. Al recordar a Elena, los dedos de Patricia se tensaron alrededor de la cubierta del libro.
Joaquín frunció el ceño. —¿Acaso los empleados de tu casa no te cuidan?
Con Marisa consolidada como la nueva dueña de la casa y contando con el amor ciego de Felipe Quiles, nadie en su sano juicio le prestaría atención a Patricia. Todos giraban en torno a Renata para ganarse el favor de la señora.
Excepto Laura.
Pero Renata no soportaba ver que Laura la tratara bien, por lo que se ensañaba con la pobre mujer a diario. La mandaba de un lado a otro: que si córtame fruta, que si lústrame los zapatos, que si limpia la caja de mi gato o saca a pasear al perro. El perro de Renata era un torbellino; terminaba arrastrando a Laura por todo el jardín, parecía que el perro la paseaba a ella.
Joaquín vio cómo Patricia mantenía la mirada baja en sus libros, sumida en un profundo silencio. Lanzó un suspiro.
—Olvídalo, no preguntaré más. Sigue estudiando, no te molestaré.
—Gracias.
...
El auto de la familia Olvera se detuvo frente a los portones de la mansión Quiles y Patricia bajó, agradeciendo el viaje.

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