Ambos estaban profundamente enamorados, y ahora que Elena había muerto, la anciana no se había opuesto a que Felipe trajera a Marisa y a su hija a vivir a la mansión.
Pero si a Marisa se le ocurría tocarle un solo pelo a Patricia o tramar algo contra la legítima heredera de la familia, Doña Beatriz no se lo permitiría bajo ninguna circunstancia.
—Si Pati dice que no fue ella, entonces no fue ella —sentenció Doña Beatriz con voz firme—. Felipe, eres el padre. Deberías aprender a confiar en tu propia hija.
Ante la orden tajante de la matriarca, Felipe no se atrevió a seguir cuestionando a Patricia.
Sin embargo, después de la cena, se retiró a su estudio y realizó varias llamadas telefónicas.
—Señor García, escuché de Renata que hoy jugó muy bien con su hijo...
—Director Morales, hablando de todo un poco, resulta que mi hija Renata está en la misma clase que su niña...
Felipe se comunicó con los padres más influyentes de la escuela, dejando mensajes sutiles, pero claros.
Esa misma noche, en varias mansiones de los barrios más exclusivos de Rosarito, se repitió la misma escena: padres enfurecidos regañando a sus hijos.
—¡Que Renata es una bastarda es algo que te guardas para ti! ¡No te vas a morir si cierras la boca! Mañana le llevarás un regalo a la escuela y le pedirás perdón. ¡Te vas a llevar bien con ella! Si por culpa de tu estúpida boca se arruinan nuestros negocios con la familia Quiles, ¡te romperé las piernas!
—¿Y qué importa si Renata es una bastarda? Si Felipe Quiles la adora, entonces ella es la señorita de la familia. ¿Patricia? Ya no hace falta que le rindas pleitesía. Escúchame bien: a partir de mañana, serás el mejor amigo de Renata. ¿Me entendiste?
...
Al día siguiente.
Patricia terminó su desayuno, tomó su mochila y salió de la mansión.
Renata se adelantó y subió al auto antes que ella. En cuanto entró, puso el seguro a las puertas.
Patricia jaló la manija varias veces sin éxito. Se quedó de pie junto a la ventana, golpeando el cristal.
Desde adentro, Renata esbozó una sonrisa perversa, brillante y llena de burla, y le hizo un gesto de despedida con la mano. —Me adelanto, hermanita.
El chofer no se atrevió a desobedecer a Renata, así que pisó el acelerador y dejó atrás la mansión.
Patricia estaba a punto de entrar para buscar a Marisa y exigirle que le asignaran otro chofer, cuando su celular sonó.
Era Joaquín Olvera.


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio