Al ver acercarse a Patricia, Renata se tensó, temiendo que revelara que había obtenido el primer lugar de la generación.
De inmediato, se colgó del brazo de Felipe con actitud mimada. —Papi, ¿me llevas a ver los fuegos artificiales? ¡Quiero ir!
Felipe la miró embelesado. —Claro, claro, mi amor. Papá te lleva.
—¿Podemos ir ahorita mismo?
—Lo que tú digas, mi cielo.
Marisa intervino con tono coqueto: —No la malcríes tanto, se va a volver caprichosa y rebelde.
Felipe rodeó los hombros de Marisa. —Es nuestra hija, claro que voy a consentirla.
—Papá, te quiero. —Mientras lo decía, Renata le lanzó a Patricia una mirada furtiva, cargada de triunfo.
El mensaje era claro: *¿Ves? Papá solo me reconoce a mí como su hija. Tú no eres nadie, lárgate de aquí y deja de molestar.*
La familia de tres se dio la vuelta, sonriendo y derrochando felicidad.
Pero al notar a Patricia de pie a un lado, como un fantasma silencioso, Felipe frunció el ceño y su sonrisa se borró de golpe.
Renata, por el contrario, estaba encantada.
Fingió ser amable y la invitó a ir con ellos.
Felipe, irritado, gruñó: —¿Para qué va a ir? Siendo la mayor, ni siquiera es capaz de sacar mejores notas que tú. Que se quede en casa estudiando, no va a ir a ninguna parte.
Patricia sintió un frío helado en el pecho, pero sus ojos oscuros brillaban con una terquedad inquebrantable. —¿Que no soy capaz de sacar mejores notas que ella? ¿Siquiera preguntaste qué lugar obtuve?
Felipe ya la detestaba, y verla desafiarlo con esa mirada intensa lo enfureció aún más.
Respondió con desdén: —No necesito preguntar. Tu hermana quedó en segundo lugar. ¿Qué, me vas a decir que quedaste en primero?
Históricamente, el primer lugar siempre se lo llevaba Mauricio Valente.

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