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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 1048

Marisa dejó los cubiertos, se limpió las comisuras de los labios y luego miró a Doña Beatriz con una sonrisa complaciente.

—Mamá, seguro que la empleada escuchó mal. Yo di esa orden por Renata. A veces no quiere comer a sus horas y luego anda pidiendo comida a cada rato. Solo quería enseñarle disciplina.

La sirvienta, que era muy astuta, enseguida dio un paso al frente para echarse la culpa. —Perdóneme, señora. Perdóneme, señorita Patricia. Todo es culpa mía, entendí mal las órdenes y la hice pasar un mal rato, señorita.

Doña Beatriz resopló, pero no dijo nada más.

...

Casi dos meses después de tanto sufrimiento, Patricia por fin regresó a la escuela.

Los compañeros que antes la rodeaban, ahora se amontonaban alrededor de Renata.

Renata por fin había logrado su cometido: convertirse en el centro de atención del colegio.

Al ver a Patricia entrar sola al salón, Renata no pudo ocultar su satisfacción.

Faltaba poco para los exámenes finales.

Patricia había faltado a clases por dos meses. Quería ver cómo le iba a ganar en las calificaciones.

Con este pensamiento, la sonrisa de Renata se hizo aún más evidente.

Patricia la ignoró por completo, pasó de largo y se dirigió en silencio hacia su pupitre.

Sacó un pañuelo de papel, dispuesta a limpiar su escritorio.

Pero entonces se escuchó la voz de Joaquín Olvera: —Te lo limpio todos los días, está impecable. Siéntate.

—Gracias. —Patricia dejó su mochila y tomó asiento.

Joaquín se sentó a su lado, clavando su mirada en ella. —Patricia, escuché que estabas enferma. Fui a verte, pero tu madrastra me dijo que tenías algo contagioso y no me dejó pasar. ¿De verdad te dio una enfermedad contagiosa?

Joaquín la escudriñó de arriba abajo con escepticismo.

Patricia lo miró a los ojos. —¿Tú qué crees?

Joaquín la observó un momento más, enarcó una ceja y negó con la cabeza. —No lo parece.

Patricia esbozó una pequeña sonrisa, sin añadir nada, y sacó sus útiles para empezar a estudiar.

Uno para él y otro para Patricia.

Y vaya que funcionó. Al comer todos los días con Joaquín, Patricia recuperó algo de color y peso.

Ya empezaba a parecerse a la niña que siempre había sido.

Los exámenes finales llegaron rápido.

Renata obtuvo el segundo lugar de toda la generación. Felipe estaba radiante de orgullo y no dejaba de llenarla de halagos.

—¡Esa es mi hija! Me llenas de orgullo.

Marisa miraba a Felipe con una sonrisa dulce. —Esta niña se ha esforzado muchísimo. Se quedaba estudiando hasta muy tarde todas las noches. Decía que no quería decepcionarte. Gracias a Dios, tanto esfuerzo dio sus frutos.

Felipe soltó una carcajada, sintiéndose inmensamente satisfecho. —¿Qué regalo quieres, mi princesa? ¿Qué tal si papá te compra un yate?

Justo cuando Felipe pronunció esas palabras, Patricia entró a la sala.

Apretó las correas de su mochila y caminó hacia ellos...

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