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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 1052

Pero Patricia solo la había rechazado con cortesía, sin saber nada de lo que ocurrió después.

Pero Estefanía creyó que lo hacía a propósito.

Ahora que por fin se encontraban en aquel lugar, no desaprovecharía la oportunidad de burlarse de ella y humillarla.

Patricia la miró confundida. —¿Quién eres?

De verdad no lograba recordarla.

No era una burla.

Pero Estefanía lo tomó como un insulto, y su rostro se retorció de odio.

Miró hacia la puerta, comprobó que no había nadie, se acercó amenazante a Patricia y le dijo entre dientes: —Patricia, ya entraste a este lugar. ¿Crees que sigues siendo la niñita mimada de siempre? Aquí solo somos alumnos y maestros. Te vas a arrepentir.

Dicho esto, Estefanía retrocedió dos pasos, se tiró al suelo, se dio una bofetada a sí misma y empezó a gritar a todo pulmón.

—¡Ahhh!

—¡¿Por qué me pegas?! Buuuu...

Era la primera vez que a Patricia le tendían una trampa así, y se quedó paralizada.

Pronto, el pasillo se llenó de alumnos, auxiliares y maestros atraídos por los gritos.

Al ver a Estefanía tirada en el suelo llorando, con la marca de una mano roja en la mejilla, todos asumieron que Patricia la había agredido.

El señor Ximora llegó al final, y todos le abrieron paso.

El señor Ximora frunció el ceño mirando a Patricia. —Señorita Patricia, su padre nos confió su educación porque confía en nosotros. No podemos decepcionarlo. Acaba de llegar y ya golpeó a una compañera, eso es inadmisible. Recuerde que usted es de la familia Quiles. Su comportamiento y modales deben ser siempre los de una dama impecable. ¿Cómo se le ocurre golpear a alguien?

—Yo no le pegué.

—¿Y si no fuiste tú, quién fue? ¿Se pegó ella sola? Ni que estuviera loca.

—Mentir y buscar excusas no es propio de una señorita de su clase, y menos con mentiras tan ridículas. Es absurdo.

—Usted es el absurdo por acusarme sin siquiera investigar primero.

—Falta de respeto a sus superiores y desobediencia, los cargos se acumulan. Auxiliar Inés, lleve a la señorita a la celda de aislamiento para que reflexione.

Sin esperar más, Felipe la besó apasionadamente. Los ojos de Marisa brillaban de triunfo.

...

Mientras tanto, en la celda de aislamiento.

Era un cuarto vacío. Sin cama, sin banco, sin mesa. No había comida ni agua.

Patricia estaba acurrucada en una esquina, abrazándose sus delgados brazos. Estaba muerta de frío y de hambre.

Desde la celda contigua se escuchaban los alaridos desgarradores de un niño pequeño, acompañados de golpes desesperados contra la puerta de metal.

—Déjenme salir, no quiero estar aquí.

—¡Sáquenme de aquí! Tengo miedo... hay monstruos...

—¡Auxilio!

—Ya entendí... ya sé qué hice mal. Sáquenme, por favor, buuu...

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