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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 1059

—Pati, mi niña, cuánto has sufrido. Papá ha venido a llevarte a casa.

La voz le sonó como el susurro del mismísimo diablo. Patricia estaba tan aterrorizada que perdió la capacidad de hablar.

No fue hasta que Felipe le agarró la mano y tiró de ella que reaccionó.

Empezó a forcejear con desesperación. —¡No! ¡No me iré contigo! ¡Me quieres pegar! ¡Me van a matar! ¡No regresaré!

El rostro de Felipe se endureció, pero consciente de las cámaras y de la imagen de su empresa, suavizó sus facciones. Se agachó a su altura con expresión afligida y volvió a tomarle las manos.

—Pati, soy yo, tu papá. Mírame.

—¡No! ¡Tú no eres mi papá! —gritó Patricia, retrocediendo bruscamente y zafándose de su agarre—. ¡Eres un monstruo!

—Oh, Pati... —Felipe forzó una lágrima, dejándola resbalar por su mejilla. La miró con firmeza—. Te juro que no dejaré que los que te hicieron esto salgan impunes. ¡Te lo prometo!

»Ven, mi amor, vamos a casa. Papá te jura que nadie volverá a lastimarte.

Patricia negaba con la cabeza, consumida por el pánico. —¡Suéltame! ¡No me toques! ¡No iré contigo!

—¡Tú no eres mi papá!

—¡Que me sueltes!

Pero Felipe no la soltaba. Al verse acorralada, Patricia bajó la cabeza y le clavó los dientes en la mano con toda su alma.

Mordió con tanta fuerza que la sangre comenzó a brotar de la mano de Felipe.

Los reporteros se acercaron de inmediato, enfocando las cámaras en la mano sangrante.

Felipe ni siquiera hizo una mueca de dolor. Al contrario, miró a Patricia con una tristeza insoportable, interpretando el papel del padre sacrificado y comprensivo a la perfección.

Levantó la vista hacia el camarógrafo principal, quien asintió sutilmente para confirmarle que tenían la toma.

Una vez que terminó la actuación, Felipe soltó a Patricia de golpe. Ella perdió el equilibrio y cayó de sentón al suelo, aturdida, mirándolo con terror.

Felipe ya se había puesto de pie y retrocedido un paso.

Dos de sus guardaespaldas se abalanzaron sobre la niña y la inmovilizaron. Ignorando sus gritos y sus patadas, le inyectaron un fuerte sedante.

Aun así, el hambre era insoportable.

A medianoche, sintiendo que el estómago se le retorcía, bajó a escondidas a la cocina en busca de algo seguro para comer.

Al pasar frente al despacho, escuchó una voz que se colaba por la puerta entreabierta. Era Lázaro, el mayordomo.

—Señora, ¿cree que Laura descubrió que la señora Elena no murió por una intoxicación alimentaria? ¿Sabrá que fuimos nosotros quienes la envenenamos?

Patricia abrió los ojos de par en par, sintiendo que el aire la abandonaba. Se llevó ambas manos a la boca para ahogar un grito.

Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas de forma silenciosa.

¿Su mamá no había muerto por comer algo en mal estado?

¡¿Fueron Marisa Peñalosa y Lázaro quienes la asesinaron?!

Patricia se mordió la mano con tanta fuerza que sintió el sabor de su propia sangre, obligándose a no emitir ni un sollozo.

La voz de Marisa sonó despectiva: —¿Y si lo sabe, qué importa? Ese caso está cerrado y la empleada ya se declaró culpable. Además, Laura está a un paso de la cárcel, apenas puede salvarse a sí misma.

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