—Pati, mi niña, cuánto has sufrido. Papá ha venido a llevarte a casa.
La voz le sonó como el susurro del mismísimo diablo. Patricia estaba tan aterrorizada que perdió la capacidad de hablar.
No fue hasta que Felipe le agarró la mano y tiró de ella que reaccionó.
Empezó a forcejear con desesperación. —¡No! ¡No me iré contigo! ¡Me quieres pegar! ¡Me van a matar! ¡No regresaré!
El rostro de Felipe se endureció, pero consciente de las cámaras y de la imagen de su empresa, suavizó sus facciones. Se agachó a su altura con expresión afligida y volvió a tomarle las manos.
—Pati, soy yo, tu papá. Mírame.
—¡No! ¡Tú no eres mi papá! —gritó Patricia, retrocediendo bruscamente y zafándose de su agarre—. ¡Eres un monstruo!
—Oh, Pati... —Felipe forzó una lágrima, dejándola resbalar por su mejilla. La miró con firmeza—. Te juro que no dejaré que los que te hicieron esto salgan impunes. ¡Te lo prometo!
»Ven, mi amor, vamos a casa. Papá te jura que nadie volverá a lastimarte.
Patricia negaba con la cabeza, consumida por el pánico. —¡Suéltame! ¡No me toques! ¡No iré contigo!
—¡Tú no eres mi papá!
—¡Que me sueltes!
Pero Felipe no la soltaba. Al verse acorralada, Patricia bajó la cabeza y le clavó los dientes en la mano con toda su alma.
Mordió con tanta fuerza que la sangre comenzó a brotar de la mano de Felipe.
Los reporteros se acercaron de inmediato, enfocando las cámaras en la mano sangrante.
Felipe ni siquiera hizo una mueca de dolor. Al contrario, miró a Patricia con una tristeza insoportable, interpretando el papel del padre sacrificado y comprensivo a la perfección.
Levantó la vista hacia el camarógrafo principal, quien asintió sutilmente para confirmarle que tenían la toma.
Una vez que terminó la actuación, Felipe soltó a Patricia de golpe. Ella perdió el equilibrio y cayó de sentón al suelo, aturdida, mirándolo con terror.
Felipe ya se había puesto de pie y retrocedido un paso.
Dos de sus guardaespaldas se abalanzaron sobre la niña y la inmovilizaron. Ignorando sus gritos y sus patadas, le inyectaron un fuerte sedante.

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