Finalmente, Gabriel suspiró: —Haré todo lo que esté en mis manos. Pero tienes que ser realista: afirmar que dosis tan fuertes de esos medicamentos no le dejarán ningún daño a largo plazo sería mentirte.
...
Tailandia. Centro de Reposo del Mar.
Este sanatorio no era una clínica cualquiera; era un retiro de lujo, de ambiente sereno, ubicado justo a orillas de una hermosa playa.
Patricia, enfundada en un sencillo pijama de hospital blanco, estaba sentada a solas en una silla de jardín.
El Profesor Edward, vestido también como un paciente más, se acercó y se sentó a su lado. —¿Qué miras con tanta atención, hermosa señorita?
Patricia alzó una mano y señaló hacia el océano. —Estoy mirando a mi mamá... viene de la mano de mi hermanito para llevarme a casa.
—Oh, tu mamá es preciosa. Y tu hermanito se ve muy adorable.
—Gracias —los ojos apagados de Patricia brillaron con una fugaz chispa de alegría, pero se desvaneció tan rápido como apareció.
El profesor estudió cada expresión de su rostro antes de presentarse: —Mi nombre es Edward. ¿Y tú, cómo te llamas?
Patricia lo miró durante un largo rato, como si le costara recordar. —Me llamo... Pati Pacheco. Mi mami siempre me decía Pati Pacheco.
...
Medio año después.
En la oficina del director del sanatorio, el Profesor Edward y Gabriel Montero estaban sentados cómodamente en los sofás, vistiendo batas de hospital.
Silvio Canto revisaba los últimos informes físicos y la evaluación de salud mental de Patricia.
La primera fase de su tratamiento había concluido.
El daño psicológico que arrastraba, debido a la magnitud del trauma y a su profundo resentimiento, no se había curado del todo.
Además, la sobredosis de medicamentos psiquiátricos había causado ciertos daños en su sistema nervioso, lo que podría traerle secuelas en el futuro.
Pero lo importante era que ahora, al menos, todo estaba bajo control.
Había llegado el momento de que abandonara el sanatorio. Ya no podía quedarse allí.
—Señores, les agradezco profundamente su trabajo. Haré que transfieran el pago a sus cuentas hoy mismo.
Gabriel se estiró en el sofá. —Por fin no tendré que seguir fingiendo que estoy loco. Si pasaba más tiempo aquí, creo que de verdad me habría vuelto loco yo también.
El Profesor Edward soltó una carcajada. —¿Necesitas que te agende una terapia, doctor Montero? Te hago un veinte por ciento de descuento.


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